Relato e imágenes del viaje cicloturístico por México
Karina Luchetti y Andrés Ruggeri encararon un nuevo desafío cicloturístico. Luego de la apasionante Vuelta al Mundo en Tándem que culminó en octubre de 2008, el rumbo elegido para el viaje ciclo-cultural es México, país que están pedaleando -esta vez en bicicleta individual- desde el 23 de diciembre.
La primera parte del recorrido comprende la estadía en Distrito Federal (DF) y el trayecto en bici desde San Cristóbal de las Casas hasta Palenque, en Chiapas. La segunda desde Chiapas hasta Chichén Itzá en la Península de Yucatán, pasando por los estados de Tabasco y Campeche, la ruta Puuc y los sitios de Kabah y Uxmal. La tercera desde Chichén Itzá hasta Cancún. También lo referido a la visita a La Habana (Cuba).
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Invierno caribeño: tercera y última parte del viaje por la ruta maya
28/1/10 - Es un lugar común pensar al Caribe como sinónimo de sol y playas. Sin embargo, a nosotros nos tocó ir al hemisferio Norte en el invierno más frío de los últimos tiempos, lo que significó temperaturas más bajas de lo habitual (los lugareños comentaban acerca del “tremendo frío”, aunque no era mucho más que un otoño porteño en el peor de los casos), bastante lluvia y días nublados. Pero cuando la capa de nubes cedía, el sol caribeño aparecía y nos achicharraba en las bicicletas. Habiendo llegado al norte del Yucatán, los últimos días nos encontraron en la situación de recorrer las costas del Caribe mexicano, famosas para el turismo, bajo una gruesa capa de nubes.
Saliendo de las grandes ruinas mayas de Chichén Itzá, que una de esas dudosas compulsas de Internet nombró una de las nuevas siete maravillas del mundo (curioso denominar “nueva maravilla” a un lugar deshabitado desde hace por lo menos siete siglos), hicimos tres jornadas relativamente cortas en las que pedaleamos de mañana para visitar por la tarde tres sitios interesantes: la ciudad de Valladolid, la zona arqueológica de Cobá y la principal ciudad maya sobre la costa, Tulum.
Valladolid es una ciudad de aspecto colonial, tranquila, fundada como su nombre lo indica por los españoles como un asentamiento destinado a controlar el interior del Yucatán, donde la resistencia indígena se prolongó durante largos años, con posterioridad al final de la conquista de los mayas por Fernando de Montejo padre, hijo y sobrino, tres conquistadores homónimos que a lo largo de veinte años de guerra brutal barrieron los señoríos mayas. La resistencia de los indígenas se prolongó durante siglos, y en Valladolid se expresó en forma dura durante la llamada Guerra de Castas, un levantamiento que empezó en 1847 y que duró cerca de cincuenta años, hasta difuminarse sin haberse resuelto la mayoría de las causas de sobreexplotación y miseria que la habían originado. La ciudad fue ocupada por los rebeldes y los habitantes “blancos” la abandonaron hasta que el ejército federal la recuperó unos años después. Una curiosa prueba de esta situación pudimos observar en el convento que visitamos en la ciudad: los arqueólogos rescataron del fondo de un cenote (los cenotes son estanques, generalmente ocultos por cavernas y grutas, de aguas subterráneas que constituyen la mayor fuente hídrica del Yucatán y que fueron sagrados para los mayas) una gran cantidad de armas de la época que los fugitivos arrojaron al agua para que no cayeran en manos de los insurgentes durante la precipitada huída.
La Guerra de Castas prueba de forma brutal hasta qué punto los sectores dominantes del México “independiente” seguían pensand a su sociedad, por lo menos en el Yucatán, en términos coloniales, donde los indios eran el vencido y el sujeto dominado y ellos, los descendientes de los conquistadores, los amos y señores. El estallido del episodio coincidió con la guerra de anexión en que los Estados Unidos arrebataron la mitad del territorio mexicano (los actuales Texas y California, entre otros estados): ante la imposibilidad de que el ejército mexicano acudiera en su ayuda, los aristócratas yucatecos pidieron auxilio a potencias extranjeras como Alemania, España, Inglaterra y los propios Estados Unidos, cediendo su soberanía a cambio del sometimiento de la revuelta. Las potencias no se mostraron interesadas, y el ejército mexicano intervino algunos años después, confinando a los insurgentes mayas a las profundidades de la selva, sin derrotarlos definitivamente.
Dejamos Valladolid para visitar las ruinas de Cobá, una ciudad maya que está poco reconstruida pero que es interesante de ver por su ubicación en un ambiente natural selvático. Las estructuras están dispersas en un área bastante grande unida por senderos construidos originalmente por los habitantes prehispánicos. Una de sus pirámides posee unas escalinatas de ascenso trabajoso y descenso de vértigo, desde donde se aprecia la enormidad de la selva yucateca.
La próxima parada fue Tulum, una muy linda ciudadela del período maya tardío que tiene la característica de estar junto al mar. Llegamos entonces, por fin, a las costas del Caribe, aunque tuvimos viento contrario en toda la ruta. Al acercarnos a Tulum, paramos en un barcito en la ruta, donde encontramos una serie de personajes curiosos, como un canadiense dueño de un “rancho”, que nos contó que vivía en la zona desde hacía treinta años y que una vez cada dos meses se iba en auto a pescar y cazar a Canadá, en una viaje de una semana de ida y otra de vuelta. El dueño del bar, por su parte, era del DF, y nos mostró los planes de construcción de un aeropuerto internacional en la zona. Posiblemente, la entrada en funcionamiento de este aeropuerto, al facilitar la llegada de los turistas sin tener que pasar por Cancún, terminará de transformar a la región en una sucesión de resorts y hoteles exclusivos.
De Tulum decidimos ir hacia Puerto Morelos, unos veinte kilómetros antes de llegar al aeropuerto de Cancún, para descansar un día en la playa antes de volar a Cuba, donde pasaríamos la última semana de este viaje. Esta última etapa fueron unos cien kilómetros que hicimos a buen ritmo, aprovechando un viento favorable. La carretera se había transformado en una autopista cuyos carteles indicadores no señalaban pueblos sino hoteles cinco estrellas y parques temáticos para el turismo, mayoritariamente estadounidense, que inunda la zona todo el año. Pasamos de largo Playa del Carmen y otros lugares famosos entre los turistas y llegamos bastante temprano a Puerto Morelos, lo que resultó una decisión acertada, al tratarse de un pueblo de pescadores transformado en centro de vacaciones pero a una escala más humana.
Al día siguiente la idea de playa se desmoronó: hacía bastante frío, viento y estaba completamente nublado. Pero a pocos centenares de metros mar adentro había una barrera de arrecifes, el Parque Nacional Arrecifes de Puerto Morelos, y se podía hacer snorkelling por no demasiado dinero. Así que salimos en una lancha, nos pusimos las máscaras y las patas de rana y pasamos unas dos horas observando la variada y colorida fauna submarina del Caribe, incluyendo un par de grandes mantarrayas.
Al día siguiente, salimos para hacer los últimos 25 km en bicicleta de este viaje, hasta el aeropuerto de Cancún, el mismo punto donde Andrés terminó su viaje de 15.000 kilómetros por América Latina en 1998, con el mismo destino, la isla de Cuba.
Ver las fotos del recorrido por el estado de Quintana Roo.
UNA SEMANA EN LA HABANA
Si bien no anduvimos en bicicleta, pasamos unos interesantes días en la capital cubana. Visitamos viejos amigos, como Manolo Guillot y Orlando Cruz, y conocimos a Alberto Granado, el compañero de aventuras del Che en sus viajes por América del Sur, muy bien retratados en la película Diarios de motocicleta. Granado había escrito el prólogo del libro de Andrés, América en bicicleta, por lo que lo fuimos a visitar para agradecerle ese gesto. Encontramos a un hombre de 87 años que conserva la lucidez y el humor, que sigue siendo, antes que nada, un gran viajero.
En La Habana nos alojamos en la casa de Marisel, la hija de nuestro amigo Luis Guerra, y Gilberto, su compañero. Pasamos unos días como cubanos, viajando en guagua para ir al centro (más de una hora de viaje desde el barrio La Coronela, en las afueras de la ciudad). Encontramos la isla mucho mejor económicamente que cuando estuvimos allí once años antes, afrontando el desafío de continuar la Revolución sin la guía de Fidel.
Después de unos días plagados de actividades, aunque sin pedalear, volvimos a México DF, desde donde emprendimos el vuelo de vuelta a Buenos Aires.
En total, recorrimos en esta travesía 1.316 kilómetros en bicicleta, a través de los estados mexicanos de Chiapas, Tabasco, Campeche, Yucatán y Quintana Roo, vistamos las ruinas mayas de Palenque, Tohkob, Kabah, Uxmal, Chichén Itzá, Cobá y Tulum, cruzamos los altos de Chiapas, la selva Lacandona y el interior de la península del Yucatán. También pasamos por las ciudades históricas de Campeche, Mérida y Valladolid, y las reservas naturales de Agua Azul, Misol Há, Agua Clara, Pantanos de Centla, Laguna de Términos y conocimos los Arrecifes de Puerto Morelos.
Antes y después del pedaleo, compartimos con grandes amigos las visitas a la ciudad de México y a La Habana. De esta manera concluimos un viaje que complementó nuestro recorrido en tándem alrededor del mundo, pues este tramo era una de las alternativas que habíamos contemplado en el trazado de la ruta y que tuvimos que descartar, en aquella ocasión, por razones de tiempo. En síntesis, un viaje que valió la pena.
Ver las fotos de nuestra estancia en La Habana.
SEGUNDA PARTE POR MÉXICO: DE PALENQUE A CHICHÉN ITZÁ
13-1-10 - Lo último que habíamos recorrido por Chiapas fue Palenque, donde vistamos los restos de una ciudad maya del período clásico, entre los siglos II y IX DC. El sitio es famoso por la tumba de Pakal, hallada dentro de una pirámide y que algunos interpretaron como un prueba de la presencia de los extraterrestres. La mayoría de las ciudades mayas clásicas se encuentran en medio de la selva, en lugares actualmente poco aptos para el desarrollo de semejantes urbes, y menos aun con los medios de explotación agrícola de la época. Aparentemente, los mayas sobreexplotaron el terreno y la población debió emigrar a zonas más favorables o menos desgastadas que pudieran sostener la subsistencia de la población. Sus sistemas de gobierno, basados en el poder de una casta sacerdotal y guerrera que vivía del trabajo del resto de su pueblo (por eso, pudieron edificar, como símbolos de su poder, los monumentos que podemos apreciar ahora), colapsaron junto con ellos. Una debacle económica determinada por una crisis ecológica. Suena conocido.
Desde Palenque continuamos nuestro recorrido hacia la otra zona maya, la península del Yucatán, donde los mayas se reubicaron y volvieron a construir sus ciudades y sus magníficos monumentos. Pero antes, debíamos resolver si tomábamos una ruta que aparentaba desolada y poco poblada, yendo por la ciudad de Escárcega, o una más larga pero con más ciudades, internándonos en el estado de Tabasco y pasando por Campeche siguiendo la costa del Golfo de México. Influyendo en la decisión estaba el hecho de dónde caer para fin de año, si en un pequeño pueblo en la ruta o en una ciudad como Villahermosa, la capital de Tabasco. Decidimos hacer unos 200 km de más y tomar esta última opción.
El 30 de diciembre retomamos la carretera. Hicimos bastante rápido los primeros 30 km hasta el cruce donde debíamos decidir qué hacer. El fuerte viento en contra en la dirección de Escárcega nos terminó de convencer y seguimos para Villahermosa. Esa noche dormimos al lado de otra cascada, Agua Blanca, acampando nuevamente bajo una palapa. La cascada estaba 8 km cuesta arriba en un desvío del camino absolutamente rural, con casas de campesinos al costado de una ruta en mal estado, con aves de corral y perros que nos ladraban al pasar y gente realizando faenas del campo, machete en mano. Arriba no había comida, salvo la que vendían unas mujeres que hacían a leña “antojitos mexicanos”. No era una mala opción pero sólo le quedaban empanadas, para nosotros extrañamente condimentadas con salsa picante y ensalada.
Al día siguiente, el último del año 2009, llegamos a Villahermosa por una ruta que se había vuelto ancha y bastante buena para la bicicleta. Villahermosa no nos pareció que honrara su nombre: tráfico enloquecido y un centro caótico.
El primer día del año nos encontró pedaleando por los pantanos de Centla, la zona donde Hernán Cortés dio sus primeros pasos de conquista, y donde la famosa Malinche le fue entregada por el soberano del lugar. El día pintaba soleado y pesado, pero hacia el mediodía, mientras observábamos una zona llena de vida, se desató una tormenta que duraría hasta bien entrada la tarde. Empapados llegamos a Frontera, una ciudad mucho más agradable que Villahermosa. Allí paramos en un hotel manejado por un hombre muy simpático, que era el cuñado del dueño del hostel en que habíamos estado la noche anterior en la capital de Tabasco. A recomendación suya comimos unos tacos pastor, muy ricos pero de dudosa salubridad. Aunque, a decir verdad, no hubo consecuencias de ningún tipo.
A partir de Frontera continuamos siguiendo la costa del golfo de México. La ruta seguía una estrecha franja de tierra entre el mar y los pantanos de Centla, que posteriormente fueron reemplazados por una enorme laguna, llamada Términos. En algunos momentos teníamos el mar de un lado y la laguna del otro, más el agua que nos caía del cielo porque continuaba lloviendo. La jornada fue larga, llegamos casi de noche a un puente de 4 km de longitud que cruzaba un brazo de mar hasta Ciudad del Carmen.
Esta parte de México era bastante diferente de Chiapas. No se veían campesinos indígenas, mucho menos zapatistas, aunque sí seguían pasando camiones del Ejército y convoyes militares. La gente nos gritaba “gringos” sólo ocasionalmente; el ambiente campesino había cambiado y era más mestizo. Música de distintos estilos mexicanos, o cumbia, salía de las casas, más el olor a chile, otra característica nacional. Un ambiente de pescadores se fue agregando a medida que nos acercábamos a la costa.
Al día siguiente, Karina se sentía muy cansada y le costó mucho llegar a Isla Aguada, a 45 km de Ciudad del Carmen. Dejamos las bicis en un pequeño hotel de la isla y volvimos en combi colectivo a la ciudad que habíamos dejado atrás a la mañana, para ir a un hospital. Le diagnosticaron una fuerte infección urinaria, y no andar por dos o tres día s en bici. Frente a este panorama, y como en Isla Aguada no había mucho que hacer, subimos todo a un ómnibus y fuimos directo a Campeche, para esperar la recuperación en un sitio más agradable e interesante. De esa manera volvimos a acortar en 150 km los 200 que habíamos agregado con el cambio de ruta en Villahermosa, aunque esta vez involuntariamente.
CAMPECHE Y LOS PIRATAS

La ciudad de Campeche es una agradable urbe costera cuyo barrio histórico fue nombrado patrimonio mundial por la UNESCO a causa de las fortificaciones que los españoles debieron edificar para detener los ataques de los piratas.
Campeche era una de las principales ciudades costeras de la zona y era usada como puerto por los navíos españoles que llevaban el oro y las riquezas de América hacia Europa. Por lo tanto, durante el auge de la piratería en el siglo XVII fue atacada y saqueada numerosas veces por los piratas que abundaban esos mares, atraídos como moscas por la riqueza extraída del nuevo contienente. A pesar de esta situación, la ciudad no contó con un perímetro sólidamente fortificado hasta después de 1685, cuando un filibustero holandés -apodado por los españoles Lorencillo- ocupó y saqueó por dos meses y medio la ciudad. La ocupación pirata fue traumática para Campeche: Lorencillo saqueó meticulosamente la ciudad, amenazó con fusilar a todos sus habitantes a cambio de un rescate e incluso empezó a hacerlo, hasta que fue convencido por las autoridades españolas de tomar el rescate que se le ofrecía y retirarse. Inmediatamente comenzaron la construcción de los enormes muros que ahora son motivo de preservación patrimonial y atracción del turismo.
Pasamos dos días recorriendo los bastiones, murallas y las viejas calles de Campeche, hasta que Karina se sintió recuperada y volvimos a tomar nuestras bicicletas y partir hacia Mérida, estado de Yucatán. En lugar de tomar la ruta más directa, fuimos por una carretera secundaria que, además de menos tránsito, pasa por varios sitios arqueológicos mayas, la mayoría de ellos de uno de los más interesantes de sus estilos arquitectónicos, el llamado Puuc. El más conocido e impresionante de estos lugares es la gran ciudad de Uxmal (se pronuncia Ushmal), a la que nos dirigimos.
Ver las fotos del recorrido entre Palenque y la ciudad de Campeche.
LA RUTA PUUC
La carretera por la que nos internamos en la zona maya del Yucatán era estrecha y con poca población, en relación a todas las que habíamos transitado hasta ese momento en México. Alternaba subidas y bajadas que nunca llegaban a ser demasiado largas o empinadas pero que hacía irregular el andar. Karina ya estaba completamente restablecida y abandonamos la zona costera que veníamos recorriendo desde hacía un tiempo para meternos en el interior de la península. Esa noche dormimos en un pequeño pueblo llamado Hopelchén. Al anochecer, todo el pueblo estaba en la calle, pues se cortaba una inmensa rosca de Reyes en la plaza. A las 9, ya estaban todos en sus casas.
Al día siguiente la ruta torció hacia el norte. Ya habíamos pasado una primera ruina maya, un sitio llamado Toncab, al costado de la ruta. Los constructores de la carretera habían pasado el sitio por encima, partiéndolo en dos y usando parte de sus piedras para hacer la base del camino. Un guía-cuidador muy sonriente y servicial nos contó todo esto y una serie de profecías mayas que anuncian la destrucción del mundo para dentro de un par de años, por supuesto esperando una propina, sin dejar mucha opción. Pero de algo hay que vivir.
En este tramo nos fuimos cruzando con un ciclista alemán, Herbert, que estaba haciendo nuestro mismo recorrido. Visitamos juntos una gran zona arqueológica Puuc, llamada Kabah, que entre otros edificios tiene un magnífico palacio con bajorrelieves y frisos de gran belleza.
Paramos luego en el pueblo de Santa Elena, unos 15 km antes de Uxmal, al que decidimos dedicarle bastante tiempo al otro día. Cenamos con Herbert, con el que tuvimos una animada conversación. El alemán había recorrido el sudeste asiático poco tiempo después que nosotros lo hiciéramos en el curso de nuestra Vuelta al mundo en tándem.
Uxmal nos asombró por la grandiosidad y exquisita arquitectura. Especialmente la Pirámide del Adivino, el Templo de las Monjas y el Palacio del Gobernador (todos nombres puestos por los españoles) nos llamaron la atención por sus detalles y formas. La ciudad pertenece al período Clásico Terminal (una secuencia arqueológica de denominación poco feliz), que podríamos ubicar temporalmente entre Palenque y Chichén Itzá, la gran ruina maya que seguía en nuestro itinerario.
En Uxmal nos despedimos de Herbert, con el que habíamos hecho una breve amistad de compañeros del camino, y seguimos viaje pasando por el pequeño pueblo de Muná y, en otro día lluvioso, llegando a Mérida, la capital de Yucatán.
Una ciudad grande, la mayor de este recorrido en bicicleta, con un centro histórico que ya resulta pequeño en relación al crecimiento posterior y que no nos gustó demasiado. Sin embargo, pasamos una estancia agradable. La gente es muy conversadora, había mucha oferta de actividades culturales debido al aniversario de la ciudad (que se cumplió el 6 de enero pero que festejan durante casi 20 días), y presenciamos algunas de ellas, tan dispares como un recital de una cantante yucateca llamada María Teresa en homenaje a Mercedes Sosa (curioso, vamos a un recital en México y escuchamos música argentina) y un festival callejero de cumbia de la banda Sonora Dinamita, con gente de todas las edades bailando en la calle.
Saliendo de Mérida hicimos la etapa más larga del recorrido: 125 km hasta Pisté, un pueblo al lado de las ruinas de Chichén Itzá, la mayor ciudad del período Tardío de los mayas.
La visita a Chichén culminó este panorama por los distintos períodos de una de las más importantes culturas prehispánicas. Sus descendientes siguen poblando la región y los distintos dialectos de su lengua los unen, aun hoy, con ese pasado grandioso. El recorrido que nos queda nos va a llevar a otra zona del Yucatán donde esta herencia no está, a priori, tan presente, y el turismo masivo, que busca las playas del Caribe mexicano, la transforma en algo muy diferente a este interior yucateco que ya estamos próximos a abandonar.
Ver las fotos del recorrido por el estado de Yucatán, nuestro paso por algunas de sus ruinas históricas y la visita a Uxmal.
Ver las fotos de la visita a las ruinas de la ciudad de Chichén Itzá.
EMPEZANDO LA RUTA MAYA: ENTRE TURISTAS Y ZAPATISTAS

31/12/09 - El 23 de diciembre llegamos a San Cristóbal de Las Casas, ciudad paradigmática del estado de Chiapas, en el sureste mexicano, famosa después del levantamiento zapatista del 1 de enero de 1994, para empezar desde allí nuestro viaje en bicicleta por lo que algunos conocen como la Ruta Maya.
Antes pasamos algunos días en la ciudad de México, la gigantesca metrópoli que es la capital del país, con sus altísimos niveles de contaminación, sus enormes redes de subterráneos, barrios pintorescos y museos impactantes. Nuestros amigos Marco y Lucero, nos brindaron hospitalidad y se convirtieron en turistas por unos días en su propia ciudad, en un agotador recorrido por los principales atractivos de la capital mexicana, incluidos el Palacio Nacional, el Museo de Antropología, los museos de Trotsky (donde el revolucionario ruso fue asesinado en 1940) y Frida Kahlo –ambos en el barrio de Coyoacán–. Nos llevaron a Cuernavaca y Tepoztlán, ciudades al sur del gigantesco Distrito Federal y, finalmente, fuimos a ver las imponentes pirámides prehispánicas (y pre-aztecas) de Teotihuacán. También Marco, junto con Celia, otra compañera de la Universidad Autónoma Metropolitana - Unidad Xochimilco, organizaron una conferencia de Andrés en la Secretaría de Trabajo de la Ciudad de México, sobre las empresas recuperadas argentinas.
Pasamos dos días en San Cristóbal de Las Casas, una ciudad hermosa en los Altos de Chiapas, con varias iglesias antiguas y cientos de indígenas vendiendo sus artesanías a los turistas que parecen haberse multiplicado desde el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). De hecho, uno de los principales artículos de venta de los artesanos son los muñecos del Subcomandante Marcos y de otros comandantes menos conocidos, como Ramona y Tacho. Los hay de diversos tamaños, a caballo, en llaveros, encendedores y hasta biromes. Pero también muchas de esas artesanías van a financiar a las comunidades zapatistas, cada vez más aisladas en la montaña en una región que el gobierno de Felipe Calderón está militarizando aceleradamente, como pudimos ver en la ruta.
Pasamos el 24 de diciembre en San Cristóbal, escuchando las orquestas callejeras de marimba (acompañado otros instrumentos de percusión y vientos).
Al día siguiente, temprano, salimos en nuestras bicicletas en medio de una neblina que desapareció al avanzar la mañana, a comenzar nuestro pedaleo por la Ruta Maya. San Cristóbal está a una altura de 2120 msnm, y al comenzar desde allí el recorrido, tendríamos que subir hasta 2500 metros y luego iniciar un descenso hasta llegar a los llanos del Yucatán. Sin embargo, las montañas lacandonas no son una sola mole que hay que subir y bajar de una vez, sino una sucesión de cordones que, aun en el sentido del descenso, nos obligaron a ascender innumerables veces cuestas de entre 2 y 5 km., empezando por una de 12 al salir de San Cristóbal, que nos dejó casi a la altura máxima.
Ese primer día, después de unas vacaciones saboreando los deliciosos platos de la cocina mexicana y sin pedalear ni dos cuadras, se hizo difícil. El destino era Ocosingo, un poblado situado según los cálculos previos a unos 88 km del punto de partida, que resultaron ser casi 100. El paisaje era, como esperábamos, de una gran belleza, con verdes montañas cubiertas de vegetación frondosa que, cada tanto, dejaban ver valles poblados por campesinos de las etnias mayas de la zona, como choles, tsetsales y tzotziles, muchos de los cuales constituyen la base de apoyo de los zapatistas.
Lo primero que vimos, sin embargo, fue un enorme cuartel del ejército. Se veían soldados en uniforme de fajina y se escuchaban tiros de fusil. A los pocos kilómetros, la primera comunidad del EZLN. En un claro contraste con lo anterior, una señora salió y saludó alegremente. Nos sacamos una foto y seguimos. Pasamos así dos o tres lugares más, con carteles que anunciaban territorio zapatista y la frase “la tierra para los que la trabajan”. Luego, alguna bajada que nos hizo pensar que el resto del día iba a ser fácil pero no, más subida, y dura. El ambiente cambió, la alegría que parecía salir de la zona zapatista se esfumó y fue reemplazada por un clima no muy amistoso, en que el grito de “gringo” nos recordaba el “mzungu” que nos había seguido por miles de kilómetros en África.
Empezamos a apurar el paso para tratar de llegar a Ocosingo antes del anochecer, pues muchos nos habían advertido que las rutas se volvían peligrosas a la noche, y más en esa zona. Incluso un hombre, con el ancho sombrero y los bigotes que caracterizan al campesino mexicano, o por lo menos al chiapaneco, nos arrojó un cascote, no tanto a pegar sino como expresando desagrado por los “gringos”.
Cuando parecía que la ruta por fin bajaba una nueva subida nos metió en un bosque profundo y oscuro. Después de trepar varios kilómetros la bajada apareció. Se veía Ocosingo a lo lejos, abajo, y nos largamos a toda velocidad tratando de llegar antes que oscureciera. Y cuando se encendían las primeras luces de la ciudad estábamos bajando hacia la plaza, donde nos metimos en la primera posada que apareció, muertos de cansancio.
Ver las fotos de nuestra estancia en el DF.
Ver las fotos de nuestra estancia en San Cristóbal de las Casas.
ARGENTINA: ¿CERCA DE IRAK?
El hombre se quedó pensativo. Estábamos reponiéndonos del calor de la selva lacandona y comiendo unas bananas en un pequeño puesto al costado de la ruta, una empalizada de madera y unas mesas y sillas de plástico, pero con dos televisores con conexión satelital. Cómo fue que asoció nuestro país con Irak es un misterio insondable, pero el hecho es que no tenía la más remota idea de dónde queda la Argentina. Para ellos, indígenas de Chiapas, todos los que pasan en bicicleta son gringos, es decir, de los Estados Unidos, y punto. Y si no, de algún país raro, como Irak o China.
De Ocosingo se suponía que el terreno volvía a descender, pero salvo los primeros kilómetros, otra vez nos tocó ascenso. Como ya estábamos a menos altura, la temperatura era mayor, y eso hacía la subida aun más trabajosa. Nuevamente aparecieron los zapatistas, cuya zona creíamos superada, con coloridas casas pintadas con la silueta del Subcomandante Marcos. El primer ascenso nos llevó casi diez kilómetros, en un pendiente muy fuerte y en medio de un paisaje cada vez más selvático. Cuando por fin bajamos, llegamos al puesto del hombre que pensó que éramos iraquíes.
Ese día decidimos hacer menos distancia y quedarnos en un sitio donde sabíamos que se podía acampar, las cascadas de Agua Azul. Cuando llegamos al acceso, había una bruta bajada de casi 5 km y, al final, un puesto de cobro de peaje. Para nuestra sorpresa, era de los zapatistas: diez pesitos mexicanos para pasar a las cascadas, que están en las tierras de la comunidad de la zona. Pagamos como todos, hasta llegar a otro puesto de cobro, esta vez del gobierno.
Las cascadas eran lindas, pero no nos pareció que justificaran tal despliegue. El lugar era un aquelarre de ómnibus de turismo y gente, puestos de artesanías, comida, y todo lo que rodea el turismo masivo. Menos, en este caso, el lujo: no había ningún lugar para alojarse con agua caliente. Por lo tanto, nos quedamos acampando.
Con intención de descansar un poco, salimos hacia Palenque, con la opción de quedarnos en Misol Há, otras cascadas donde también se puede acampar, unos 45 km más adelante. La jornada no estuvo exenta de dificultades, entre ellas una subida de unos 16 km hasta el poblado de San Miguel, donde nuevamente una casa con un cartel zapatista daba la bienvenida a los visitantes. Paramos a tomar algo en un precario almacén de pueblo y un grupo de adolescentes comenzó a silbar y a mostrase amenazadores. Pronto se acercaron y detrás de las caras y gestos de malos apareció la curiosidad. ¿De dónde vienen? ¿Cuánto tiempo tardaron desde Agua Azul? Ofrecieron un licor que estaban mezclando con refresco, les dijimos que no y nos informaron que eran de la etnia chol, que en el pueblo no había muchos zapatistas, que estos “no hacían nada” (lo que no supimos si interpretar en el mismo sentido que la gente habla en Argentina de los políticos, o en el sentido de que no son hostiles o molestos), y que no dejaban entrar a los policías, “a los federales”. Nos despedimos y seguimos ascendiendo hasta llegar al comienzo de la última bajada que nos dejó en Misol Há.
Como salimos tarde y, nuevamente, la bajada estaba repleta de ascensos empinados, cuando llegamos a este lugar decidimos quedarnos y dejar los 20 km faltantes para el día siguiente.
Nuevamente acampamos en una cascada, aunque bastante menos visitada. Volvimos a la ruta para hacer los últimos kilómetros hasta las grandes ruinas mayas de Palenque. En una bajada veloz una familia indígena que vendía artesanías y frutas en el camino había cruzado un hilo en la carretera que casi nos hace tener un accidente, al derrapar la bicicleta de Karina y frenar con lo justo Andrés para no atropellarla. Después de ese incidente, llegamos a la ciudad de Palenque, a tiempo para descansar de la montaña, el calor, y el “gringo, gringo”.
Ver las fotos del recorrido por las montañas de Chiapas y la selva lacandona.
EN PALENQUE
Palenque es una de las ciudades mayas del período clásico (entre los siglos I y VIII D.C.) más importantes y famosas. Se trata de un imponente conjunto arquitectónico que reúne a varios templos, construcciones residenciales y el impactante Palacio, con una torre central y varios cuartos y salas ceremoniales. Se destaca especialmente el Templo de las Inscripciones, donde se encontró hace medio siglo la tumba de un gobernante muerto en 683 DC, llamado Pakal. Un enorme sarcófago en el interior de la pirámide contenía el cuerpo adornado con una máscara de jade y numerosos adornos. El dibujo de la tapa del sarcófago dio pie para las extravagantes teorías de que se trataba de un extraterrestre en su nave espacial. Se sabe fehacientemente, como está explicado en el muy buen museo de sitio, que cada uno de los símbolos que rodean la imagen de Pakal tiene un significado ritual y ceremonial, y que no son los motores ni los comandos de ningún plato volador.
Recorrimos Palenque rodeados de una multitud, en México esta es época de vacaciones y todos los lugares turísticos –los mismos que estamos visitando- están repletos de familias y grupos que bajan de ómnibus que taponan los accesos y los estacionamientos de cada uno de los sitios.
Nuestro próximo destino es la ciudad de Campeche, sobre la costa del Golfo de México, atravesando los estados de Tabasco y Campeche, para luego comenzar a recorrer la península del Yucatán.
Ver las fotos de Palenque.