Aventuras en bicicleta

Por la ruta de la sangre

Por Andrés Ruggeri.

Fragmentos del Capítulo XXVI del libro "América en bicicleta".

 

SÍNTESIS: Recorrido por la carretera BR-174, que atraviesa la selva amazónica brasileña entre Manaus y la frontera venezolana, atravesando la reserva indígena que protege a los sobrevivientes del pueblo Waimiri Atroari.

 

Recorrido

Manaus - Reserva Waimiri-Atroari (Brasil)

 

Distancia

391,4 km.

 

Puntos sobresalientes

del trayecto

Selva amazónica, Reserva Indígena Waimiri-Atroari

 

Fecha

29/9 al 3/10 de 1998

 

Bicicleta

DBR Topanga (Shimano Alivio/STX 21 v.)

 

Había verde hacia donde mirase. Una intensa mezcolanza de maleza, arbustos, lianas y altos árboles que cubrían y cobijaban todo con su sombra. Era, evidentemente, el Amazonas en su máximo esplendor, la selva que todos nos imaginamos y que se yergue misteriosa y amenazante sobre los que no pertenecemos a ella. Y que contrastaba violentamente con la zona pelada, tristemente arrasada, que venía viendo desde unos kilómetros antes. Ese contraste no era casual. Era la diferencia entre la Tierra Indígena Waimiri Atroari, la reserva por la que tendría que transitar los próximos ciento treinta kilómetros, y la Amazonia “civilizada”, donde los colonos y el Estado habían logrado hacer pie, y con ello, aplastar brutalmente lo que había sido la mata pujante e impenetrable.

 

Todas las fantasías de viejas novelas soñadoras e ingenuas películas de sábado a la tarde parecieron tomar cuerpo mientras daba las pedaleadas iniciales por la reserva. Me habían advertido que en el territorio de la reserva no estaba permitido parar, que los indios vigilaban la carretera y que no tenían ninguna simpatía por los extranjeros. Indios bravos y peligrosos, decían. Ocultos en la espesura, nada escapaba a su atenta mirada. Atacaban sin razón alguna, sólo por rechazo al hombre blanco y venganza de antiguas ofensas y derrotas.  Me preguntaba si, acorde a esto, empezarían en cualquier  momento a silbar las flechas envenenadas que acabarían conmigo en cuestión de minutos. Ojos astutos me parecían seguir desde el fondo de la maleza. Una sensación incómoda, más o menos irreal, aunque no del todo. Mientras tanto, seguía avanzando, en un día nublado pero insoportablemente caluroso, por el pegajoso asfalto de la BR-174.

 

Desde que salí de Manaus venía recibiendo noticias contradictorias acerca de la Tierra Indígena. Un artículo que, por casualidad, había salido en el diario A crítica, el principal de la ciudad, informaba de la gran evolución hacia la convivencia entre indios y blancos, en que ambos, de alguna forma, habían entendido que había formas posibles de vivir sin conflicto. Lógicamente, después de que el conflicto había estado al borde de exterminar a los indígenas, el entendimiento era un poco desigual.

 

Sin embargo, esta visión optimista no parecía ser la opinión de la gente que fui encontrando por el camino. La mayoría, incluidos los policías a los que solicité la información sobre el camino, sostenían que no iba a poder cruzar la reserva. “Los indios no te van a dejar”, decían, y agregaban que lo mejor que podía hacer era pedir carona, o sea, parar algún vehículo que me cruce al otro lado. El cocinero que me había dado dos interminables horas de charla en Presidente Figueiredo, por ejemplo, decía que tenía miedo por mi seguridad, y que esperaba no tener que ver pasar mi ataúd de vuelta hacia Manaus.

 

-Los indios son muy bravos y peligrosos. No hay que parar. Se hacen los amistosos, y mientras uno te habla, viene otro por atrás, te golpea y te roba. A veces te meten en la selva y, entonces, nadie más sabe de vos.

 

Peor fue el empleado de la Oficina de Turismo de Figueiredo, alguien teóricamente preparado para informar cabalmente sobre la región a los extranjeros o turistas locales.

 

-Mucho cuidado con los indios. Son peligrosos.- dijo con expresión de seriedad. Y sentenció, mirándome como si fuera una de los últimos testigos de mi existencia antes de pasar a ser preparado con bananas y sabrosa carne de tapir. -A los indios no les gustan los humanos.

 

Dijo esto último con tanta naturalidad como uno puede hablar sobre lo molestos que son los mosquitos, o lo feo que es la picadura de la cascabel. Una breve frase condensó todo lo que hay aún de prejuicios, racismo y conflicto en el imaginario de los pobladores no originarios de la región. Pero, más allá de esta lectura, existe un cierto conocimiento práctico, cargado de preconceptos e ideología reaccionaria, pero con asidero en situaciones reales. Esa situación es una relación no muy amistosa entre los waimiri y la sociedad que se expandía sobre su territorio como una mancha de aceite. Una relación que, si bien no sabía demasiado todavía sobre ella, había tenido, evidentemente, sus picos de violencia, y eso estaba reflejado en los dichos de esta gente. Un sentido común que se me expresaba en forma de consejo y que, más allá de su negatividad y desprecio por los habitantes de la selva, no era para desestimar. Y, debo confesarlo, lograron despertarme cierta preocupación adicional a las que ya normalmente tenía.

 

Un día más de andar por la selva me llevó alcanzar el umbral de la Reserva Waimiri Atroari. Ya estaba definitivamente adaptado a las condiciones climáticas, y no sufrí las complicaciones que me habían hecho mermar en forma considerable mi rendimiento los días anteriores, a pesar de que las cosas no habían variado demasiado. Seguían las subidas molestas, más largas inclusive, el calor infernal, la humedad matadora, las alternativas irregulares del tiempo, con nubes a la mañana, sol explosivo al mediodía y a la tarde, o amenazas de chaparrón mortífero en algún momento. El paisaje cambió algo, gracias a la mano, no siempre feliz, del hombre. Las casas de colonos se hicieron algo más frecuentes, y la deforestación empezó a pelear de igual a igual con la selva, alternando maleza con manchones de vacío, en que podían llegarse a ver algunos cebúes deambulando en medio de verdes e irreales pastos de increíble fertilidad, con más de un metro de alto, entre los cuales los animales, que no son pequeños, parecían sumergirse hasta perderse. 

 

Hice una primera parada en una casa de madera rodeada de algunos cultivos y un área libre de mato, que luchaba a brazo partido para no ser devorada por la vegetación. Un niño de unos doce años cortaba el lujurioso césped a machetazos. No dio uno solo más hasta que no seguí camino, quince minutos después, luego de recibir su amabilidad, no exenta de extrañeza, en la forma de un café con leche, un pedazo de pan con manteca y, lo más preciado, una botella de agua convertida en un bloque de hielo. A pesar de que la protegí todo lo que pude, no me duró demasiado, pero me sirvió para aliviar el bochornoso y tórrido calor durante algún tiempo.

 

El hielo me aguantó hasta el mediodía, en que entré a una especie de desierto vacuno. La selva se veía a lo lejos, como una lejana línea verde, pero si no fuera por el calor, no hubiera apostado un centavo a que estaba en ella. Una llanura polvorienta y amarilla, humeante de polvo y cenizas de las queimadas,  un horrible alambrado de púas, y un bar-almacén-vendetodo, hecho de chapas abombadas y despintadas. Adentro había un maravillosa heladera con bebidas frescas, y no era un espejismo. Apoyé en uno de los temblorosos pilares mi caballo de acero, mientras un boiadeiro estacionaba cerca uno de los de verdad. Ambos parecieron mirarse, aunque, a decir verdad, el de carne y hueso no se molestó demasiado por la competencia. Su jinete en cambio, insistió en invitarme una cerveza tras otra, cortésmente declinadas mientras él las consumía sin solución de continuidad.           

 

Conversar con los habitantes del lugar siempre es algo interesante, que permite conocer historias de vida, aproximarse a la mentalidad de gente, a tener una idea de cómo viven, cómo piensan, a la vez que uno también es una suerte de objeto de curiosidad, una pequeña muestra de cómo es lo que hay fuera, en el extranjero, o simplemente en cualquier lugar que no fuera aquel en el cual desarrollan sus vidas y del que posiblemente no hayan salido nunca. En el caso de que el viajero aparezca montado sobre una bicicleta extraña, en la cual carga su humanidad y sus pertenencias, en fin, que constituye su casa de caracol, esta curiosidad natural se redobla, y la conversación fluye sin muchos prolegómenos. Pero, a pesar de todo eso, hay algunas veces en que el susodicho ciclista, cansado, sudado, acalorado, con sed y con hambre, y a riesgo de ser considerado un antisociable, no está especialmente interesado en charlar. En esta ocasión, siendo las doce horas, con el mercurio del termómetro clavado en lo más alto, este ciclista se hallaba en un momento que podríamos calificar como huraño. Sin embargo, con la mejor sonrisa, contestó las preguntas que el boiadeiro tomador de cerveza me hacía. En realidad, se trataba de una especie de monólogo al que había que insertar cada cierta cantidad de tiempo un bocadillo.

 

Después de todo, aunque se tratara de mi parada del mediodía y no tuviera ganas de hablar, la situación era soportable. El hombre me invitaba a pasar el resto del día en su fazenda, cosa de la que desistí , y fue suplantada con el ofrecimiento de infinitas cervezas, algo no conveniente para encarar con ciertas probabilidades de supervivencia los próximos tórridos cincuenta kilómetros. Al final terminó invitándome con gaseosas, y ya no hubo pretextos ni razón para rechazarlas.

 

El monólogo siguió por los lugares por los que el hombre había viajado y por los que yo había pasado en el curso del viaje: São Paulo, Brasilia, Goiânia, etc. Hasta ahí, todo bien, inclusive a pesar de la insistencia del hombre en preguntar, luego de cada afirmación, si estaba mintiendo. La cuestión se hizo más engorrosa cuando pasamos a hablar de la Belém-Brasília.

 

-Yo estuve por ahí.- afirmó, tomándose el ala del sombrero. Un inmenso machete asomaba de su cinto. -Primero está Anápolis. ¿Es verdad, o estoy mintiendo?- Era verdad, y por otra parte, ¿por qué habría de mentir? -Después vienen Ceres, Uruaçú, Porangatú, Gurupí, ¿o estoy mintiendo?- Ya era algo molesta esta insistencia en la veracidad de sus dichos. Nadie, por otra parte, cuestionaba lo que decía. -Después Paraíso do Tocantins, Miranorte, Araguaína.- Al enésimo “¿es  verdad o estoy mintiendo?”, hasta el sol infernal me parecía acogedor. Nadie en los alrededores, y no éramos muchos quienes nos encontrábamos por ahí, tenía la mínima intención de contradecirlo, muchos menos con el arsenal que cargaba y que, a medida que las latas de cerveza se iban acumulando a su alrededor, se hacía cada vez más desprolijamente visible.

Era mi parada del mediodía, y veía como se me iba escurriendo de entre las manos ese preciado descanso. Todo lo que el hombre dijo en los primeros cinco minutos, lo repitió puntualmente durante los cuarenta minutos siguientes, mientras yo dudaba entre salir a rostizarme al sol que caía a pico, o “descansar” con el boiadeiro. La situación se hizo insoportable, hasta que preferí arder en las brasas del infierno antes que escuchar un sólo “¿estoy mintiendo?” más.

 

-En Rio de Janeiro hay una avenida que se llama Rio Branco- escuché una vez más mientras montaba mi bicicleta. Y, en un último y pastoso bramido -Es verdad o estoy mintiendo?

 

Cincuenta kilómetros más, bajo una temperatura asfixiante, fueron los que tuve que recorrer hasta llegar al dichoso cartel que anunciaba el inicio de la zona indígena, cinco kilómetros más adelante. Distancia que transcurrió en medio de la lucha entre la selva y el “progreso”, entre la mata amazónica y el semidesierto de los ganaderos, con una parte de duras y ardientes lomas que me exigieron hasta el último de mis poros para transpirar el líquido que, por litros, perdí.

 

Un único incidente matizó el uniforme trajinar por la BR-174. Una camioneta desvencijada paró unos doscientos metros a mi frente, y un hombre descendió de ella. Algo largo sobresalía de entre sus brazos, y al acercarme fui apreciando que se trataba de una escopeta de proporciones considerables. Me acercaba, aparentando impasibilidad, mientras el tipo enarbolaba con displicencia su arma y me miraba con gesto indescifrable. Uno no puede dejar de tratar de adivinar en qué piensa un individuo que te mira arma de fuego en mano, aunque todo parecía indicar intenciones non sanctas: paró la camioneta poco después de pasarme, bajó, sacó la escopeta y se puso a esperar mientras me observaba, conjunto de actitudes que no contribuían en lo más mínimo a generar una confianza en su inocuidad. Pasé, entonces, por su lado, con fingida indiferencia, y superé lo más rápido que pude su posición. No me di vuelta a mirarlo, y seguí unos metros hasta que me convencí que no había decidido bajarme de un tiro. Cuando, cien metros después, miré hacia atrás, vi como se internaba en la espesura.

 

 Alrededor de las cinco de la tarde llegué a una estación de servicio, primera desde que salí de Manaus, a dos mil metros del límite de la Tierra de los Waimiri. Soporté estoicamente las insinuaciones de una rubia adolescente que atendía el barcito del lugar, y tratando de ignorar el “Já vai?” decepcionado de la menina, me dirigí, como Ulises huyendo de las sirenas, a la entrada de la  reserva.

 

La barrera que indica el comienzo del territorio indígena estaba abierta, pero igual paré. No pensaba seguir, con sólo una hora antes del anochecer, y ciento treinta kilómetros de selva virgen ante mí. A pesar de eso, un empleado del puesto de control vino corriendo hacia mí, mientras hacia señas con sus brazos.

 

-Es mejor no entrar. -dijo, agitado. -A las seis cerramos, no vas a poder llegar del otro lado de día. La noche es peligrosa.

 

-No, sólo pensaba llegar hoy hasta acá, y mañana cruzar.

 

-Mejor.- suspiró algo aliviado, y comenzó a explicar lo difícil que podía ser atravesar la reserva de noche. -Es muy riesgoso. Hay muchas onzas y los indios se ponen bravos, porque está prohibido andar por su territorio después de las seis. Sólo están autorizados algunos ómnibus de línea, que tienen un convenio especial con ellos.

 

Los trabajadores de este puesto en la orilla del río Abonarí, una serie de cabañas pintadas de azul, con la función de controlar y regular las entradas y salidas de vehículos, eran dos muchachos de no más de veintidós o veintitrés años. Se comunicaron con el Coordinador del Programa, que reside en el puesto central, y le informaron de mi presencia, de mi intención de cruzar la reserva en bicicleta al día siguiente y le solicitaron permiso para que me pudiera quedar a dormir en el puesto esa noche. La respuesta fue positiva, y después de bañarme y cenar con los muchachos, recibí la visita del Coordinador, con el cual me informé de la situación del Programa. Acordé con este hombre usar como bases los dos puestos intermedios en el curso de la ruta, antes de llegar al lado opuesto. El personal que, para evitar problemas entre los indios y los que transitan la carretera, patrulla la misma permanentemente, iba a estar avisado de mi presencia, para ayudar en caso de que fuera necesario, pues no se sabía cuál podría ser la reacción de los indígenas, aunque pensaban que lo más probable era que no hubiera problemas.

 

Me fui enterando, a lo largo de estas conversaciones, de que, entre otras cosas, el programa Waimiri Atroari era una concesión que el Estado, a través de la FUNAI (Fundação Nacional do Indio), había hecho a los Waimiri en compensación por el impacto producido por la apertura, en la década del ‘70, de la BR-174, por la construcción de la Central Hidroeléctrica de Balbina -que había inundado parte de sus tierras- y, más recientemente, por la pavimentación de la ruta. En este acuerdo, los waimiri habían logrado importantes conquistas, como el derecho a patrullar la carretera, la prohibición de detenerse en el territorio de la reserva y de circular de noche por ella y, lo que es más importante, el reconocimiento de la entidad de la etnia como legítima ocupante de sus tierras, y una serie de triunfos judiciales le otorgaron una importante cantidad de fondos económicos compensatorios. El Programa Waimiri Atroari, que administra la reserva, es una especie de cogestión entre los indios y el Estado Brasileño, que dura unos veinticinco años y entró en vigencia en 1987. Desde que comenzó, la población indígena creció de 200 a casi 800 habitantes, gracias, sobre todo, a un programa de salud y vacunaciones altamente eficaz, por un lado, y por otro, al cese de la confrontación violenta con garimpeiros (buscadores de oro) y militares. Los Waimiri tienen gran conciencia de que si esta situación existe es por su resistencia, y esa resistencia no fue pasiva, sino que costó grandes sufrimientos a su gente. Esa historia reciente y trágica está aún hoy muy presente en ellos, y las condiciones en las cuales debería atravesar su territorio son una buena prueba de ello.

 

Temprano ya estaba rodando por la selva densa y oscura que me rodeaba. De los Waimiri Atroari, ni noticias. ¿Estarían observándome o me ignoraban olímpicamente? Por el momento, mi preocupación era andar sin tener que parar hasta llegar al puesto central, en el río Alalaú. La sensación de irrealidad que me daba el hecho de pedalear por la selva era ahora más fuerte que nunca, porque la floresta era también más real que nunca antes, con todos los componentes que hacen a una jungla que se precie: maleza impenetrable, vida abundante, fieras, indios guerreros. ¿Qué más se puede pedir?

 

Llevaba dos horas andando, siempre rodeado de verde, y el puesto no llegaba. Encuentro un auto parado, con problemas, y le ofrezco ayuda a los ocupantes, una joven pareja con un niño. “De paso, descansamos un poquito”, pensé, pero el cálculo me falló por completo, pues debí empujar el coche prácticamente solo. El hombre intentaba arrancarlo y la mujer no colaboraba demasiado, así que debí emplear mis fuerzas, bastante intactas a pesar de los cincuenta kilómetros que llevaba, en empujar el auto de esta gente. Seguí camino, y al poco tiempo, llegué al límite de los estados de Amazonas y Roraima, un puente sobre el río Alalaú. Cuando lo crucé, había abandonado definitivamente el Estado de Amazonas, y empezaba a transitar por el más norteño de los territorios del Brasil. Por fin, el Núcleo Base Alalaú, un gran campamento emplazado en un terraplén más elevado que la ruta, rodeado de selva.

 

Si en el camino no había tenido ocasión de ver a ningún waimiri, en el puesto del programa vi a cerca de cincuenta, que se hallaban haciendo un curso de Pedagogía, en que se formaban en distintas materias par dar clases, en su propia lengua, a sus coterráneos. Mi llegada fue algo así como si hubiera bajado un extraterrestre, con mi bicicleta viajera, cargada de equipajes y elementos estrafalarios, vestido con un curioso uniforme de ciclista. Fui bien recibido por los responsables del lugar, que me permitieron, entre otras cosas, darme un baño salvador, que atenuó en algo la sensación de estar en una olla de agua hirviendo, a pesar de estar nublado. Me invitaron a comer y tuve ocasión de cambiar unas palabras con algunos indios, que no se mostraron especialmente comunicativos, y con varios de los trabajadores de la reserva, especialmente dos especialistas en educación que trabajaban en la parte del programa que se ocupa de esa área. Uno de los maestros indígenas era un niño de trece años, y la mayoría eran muy jóvenes. Eso se explica porque, si bien hay una recuperación demográfica de la etnia, este fenómeno se da en los últimos años, por lo cual hay una preeminencia de niños y adolescentes en la población. 

 

Mientras estaba en el lugar se largó la ya habitual lluvia torrencial de todas las tardes, de la que me salvé en esta oportunidad. Conversé con algunos de los profesores brasileños, mientras los indios rodeaban con curiosidad mi bicicleta, aunque seguían sin emitir palabra. Ni hablar de fotos, a las que tienen verdadera repulsión, y tomárselas está estrictamente prohibido en su territorio.

 

Reanudé viaje hacia el otro puesto, unos cuarenta kilómetros más adelante. La ruta siguió más o menos igual, el cielo afortunadamente nublado, la selva impidiendo la mirada más allá de los primeros metros fuera del trazado de la ruta, y ondulaciones permanentes para matizar con un poco de esfuerzo el trayecto, con alguna que otra subida fuerte, completando así un nuevo tirón hasta la próxima parada. 

 

El siguiente puesto apareció a un costado de un camino, cuando pensaba que lo había pasado, pues las indicaciones que me habían dado eran algo confusas y tenía miedo de no verlo. Y, efectivamente, la casa de madera que constituía el puesto Planagem estaba unos cincuenta metros alejada de la ruta y algo oculta por la vegetación. Sin muchas intenciones, dado lo avanzado de la hora, de seguir camino hasta salir de la reserva, y con ganas de seguir conociendo algo de esta realidad maravillosamente atrapante, entré al lugar, donde me recibieron los puesteros. Humilde gente del nordeste, que había migrado en busca de mejorar sus condiciones de vida, recalado en la Amazonia y, por suerte para ellos, conseguido un puesto de trabajo en el Programa Waimiri Atroari. Un par de niños indígenas correteaban en el pequeño descampado que rodeaba la construcción, e iban y venían de la aldea, que estaba a sólo quinientos metros, pero a la cual está prohibido el acceso para todos los no indios. Inclusive los miembros del Programa tenían dificultades para entrar a la misma, y sólo podían hacerlo cuando la aldea se encontraba deshabitada, en ciertos períodos en que los pobladores están de caza o atendiendo otras zonas en que tienen cultivos.

 

Fui recibido por los trabajadores del lugar, y enseguida, una vez que desestimé un ofrecimiento para llevarme en camioneta hasta el próximo y último puesto, quedó decidido que me quedaba a pasar la noche ahí. Los chicos indios vencieron su timidez y se acercaron con curiosidad a ver mi bicicleta. Les di una breve clase acerca de mi máquina y sus implementos, mientras Antonio, uno de los empleados del puesto, terminaba las tareas del día, como guardar los caballos en el establo para evitar que los jaguares los ataquen a la noche, ordenar los medicamentos utilizados en el día - el puesto funciona también como enfermería - o  los implementos de trabajo agrícola, y la cocinera, una gruesa y habladora mujer, empezaba a preparar la comida de la noche. De un cuarto llegaba el sonido de una radio, por la que alguien hablaba en portugués, aunque después de un rato empezó a sonar una lengua totalmente desconocida.

 

-Es el cacique de la aldea vecina que está hablando.- me informó Antonio. Había un evidente contraste con la idea tradicional que tenemos de los indios amazónicos, pluma en la cabeza y arco y flechas en mano, e inclusive con la idea de bárbaros subhumanos, lindantes con un estado animal, que tienen los brasileños habitantes de la región. Mayor fue mi asombro cuando me enteré que utilizaba la radio, en waimiri, una lengua que casi nadie habla fuera de ellos -ni siquiera el personal del programa, salvo dos o tres-, para comunicarse con las patrullas indígenas que custodian la carretera, algunos en camioneta y otros a pie desde los márgenes de la selva insondable, y con las patrullas que recorren el territorio propio para evitar intromisiones de cazadores o, lo que es peor, de garimpeiros. La radio, uno de los símbolos de la civilización moderna y tecnificada, les sirve además para optimizar sus formas económicas tradicionales: las bandas de cazadores y recolectores, que durante miles de años se perdían semanas en la floresta sin contactarse entre sí, ahora se mantenían ligadas entre ellas y con las aldeas por este medio. Parece obvio decir que indio y tonto no son sinónimos, aunque el sentido común instalado a través de quinientos años de exterminio, sometimiento y desprecio afirma lo contrario, y el caso de los waimiri, una tribu de belicosos guerreros y orgullosos cazadores, confirma contundentemente esa obviedad no tan obvia.

 

El cacique, un individuo alto, de unos treinta años, vestido con una remera y bermudas, salió de la pieza de comunicaciones y me fue presentado por Antonio. Miró la bicicleta con cara inexpresiva y me preguntó que estaba haciendo, lo que le expliqué sucintamente.

 

-Yo también viajé bastante- me dijo asombrosamente, en un portugués claro y bastante más puro que el de muchos brasileños -Estuve en Brasilia, en São Paulo, en muchos lugares de Brasil. Fui para los Encuentros de Indígenas del Brasil. Me gusta viajar, porque así conozco otras realidades, lugares muy diferentes que este. Pero nada me gusta más que la selva. Acá vivimos y vamos a vivir siempre.

 

Me explicó que la situación, bastante mala hasta finales de los ochenta, había mejorado mucho desde la implementación, en 1987, del programa. Los proyectos de salud, educación y conservación del medio ambiente ayudaron mucho, según él, a que la población waimiri creciera y empezara a recuperarse del impacto que trajo la apertura de la ruta.  Ahora, explicó, los waimiri atroari, o “kinja”, como se denominan a sí mismos, tienen un control bastante grande de su territorio, manejan recursos económicos que les permitieron incluso experimentar con la cría de animales que, como el tapir, constituyen un alimento tradicional que siempre cazaron, y tener un dominio, por medio de elementos tecnológicos como radio, una flota de camionetas y de lanchas para desplazarse por los ríos que son la principal vía de comunicación y transporte, sobre el territorio que el Estado les reconoció como propio.

 

-Ahora no hay muchos problemas, salvo con algunos cazadores. No nos gusta que nos quiten la comida ni que destruyan la selva. Nosotros vivimos de la selva, y para eso tiene que estar intacta. Lo que hacen fuera de nuestro territorio es una locura.

 

-¿Y qué pasa con los garimpeiros?- pregunté.

 

-Mejor para ellos que no los encontremos.- fue la respuesta, demostrando que el viejo espíritu guerrero de los waimiri no se ha agotado del todo.

 

A lo largo de la conversación, surgió como un elemento importante la poca, por no decir, ninguna, predisposición que tienen los indios por los visitantes, en especial en los lugares que, como las aldeas, son considerados por ellos como de su exclusividad. Cualquier intromisión es una especie de humillación que no están dispuestos a tolerar, en especial después del traumático proceso de conquista que vivieron en las décadas anteriores. Sienten especial antipatía por los militares, los garimpeiros, los misioneros y los antropólogos, a quienes ven como una especie de espías. Me sentí directamente tocado por esto último, aunque tuve que reconocer que, desde su punto de vista, y teniendo en cuenta el papel de los antropólogos de la FUNAI en el proceso de la expansión sobre sus tierras, es absolutamente lógico. Mientras los militares fueron los extremadamente malos, los funcionarios del organismo estatal ocupado de las cuestiones indígenas fueron el lado “bueno” de la conquista, y si bien ese papel logró frenar muchas de las mayores brutalidades y aberraciones de los cuerpos armados y evitar, inclusive, la extinción física de muchos grupos, eso no los exime de la responsabilidad que les cabe. Entre el conquistador “bueno” y el “malo”, por más buenos que sean los buenos, y malos que fueran los malos, hay algo en común, y ese algo no es otra cosa que el hecho mismo, imperdonable para el conquistado, de ser partes integrantes y esenciales de la conquista.

 

Después de esta conversación intelectual, el cacique de la aldea waimiri me hizo explicarle casi una por una para qué servían todas las partes de la bicicleta, mientras miraba todos los detalles con atención. Se asombró del peso que cargaba y, con expresión de simpatía, me dijo:

 

-Si querés ahorrarte un pedazo de caminhada, puedo hacer que te lleven en la camioneta.- le agradecí pero le expliqué que si venía en bicicleta, me la tenía que aguantar hasta el final. -Entonces, podés quedarte acá a la noche. Mañana seguís viaje, y voy a avisar por radio para que todos sepan que vas a pasar, que nadie te moleste y que te ayuden si precisás algo.- Me tendió la mano y se despidió. -Muito prazer de te conhecer.

 

Los terribles indios, bravos y peligrosos, me habían dado su visto bueno para cruzar su territorio bajo su protección. Las fantasías de los cazadores de cabezas, invisibles y astutos, de las flechas silbando y las artimañas traidoras de taimados salvajes habían demostrado tener un bien ganado lugar en el arcón de los mitos y leyendas originadas por el prejuicio y la incomprensión. El bárbaro siniestro se había transmutado en un dechado de bondad. Pero ¿era realmente así? Había indicios de que las cosas no eran ni tan blancas ni tan negras. Si el jefe me había dado permiso, y me había aclarado que iba a avisar acerca de mi paso, eso significa que de no ser así las cosas podrían llegar a ser diferentes. Si los brasileños perciben el peligro en los indios eso no puede ser del todo una fantasía. De hecho no lo era, pues los empleados de los diferentes puestos que visité me habían contado que todavía, aunque cada vez menos, se daban casos de peleas y cruces poco amistosos entre los waimiri y quienes por alguna u otra razón paran en la ruta o no respetan algunas de las convenciones que operan en la reserva. Evidentemente, había una serie de elementos que me faltaban para terminar de armar el cuadro de la situación.

 

Esas cosas que permanecían ocultas se me fueron desvelando en una larga conversación con Antonio, sentados a la luz de las velas, balanceándonos en las hamacas que colgaban entre las paredes y las columnatas del hall de la casa, mientras los mosquitos, en un considerable esfuerzo colectivo, se empeñaban en una complicada operación de transfusión sanguínea.

 

-Ellos tienen mucha desconfianza de todos nosotros, pero con algunos podemos hablar más. Nosotros no podemos ir a su aldea, pero ellos vienen mucho por acá, y hablamos, cambiamos cosas. El problema es que después de la guerra la mayoría son chicos, hay poca gente grande.

 

La palabra guerra disparó en mí la curiosidad del viajero, del antropológo, del militante. Me estaban hablando de una guerra irreal, absolutamente maligna, en la que los papeles del civilizado y el salvaje se invierten permanentemente, se confunden en una mescolanza sangrienta. Una guerra de arco y flechas contra helicópteros artillados. Un Vietnam de Hernán Cortés, un Auschwitz con pirañas, un Guernica sin Picasso que lo pinte. La selva aullando de dolor.

 

Mientras Antonio me contaba lo que algunos de los indios más viejos, los escasos sobrevivientes de un genocidio sin prensa, le habían contado, de cómo de dos o tres mil waimiri que habitaban esta porción de la Amazonia a fines de los años sesenta sólo habían quedado doscientos, no podía dejar de pensar en el infierno que de golpe, incomprensiblemente, se había abatido sobre esta gente, que vieron, como los aruacos, los aztecas o los quechuas del siglo XVI, como el mundo en el que habían vivido por generaciones se derrumbaba, sepultado bajo una avalancha de fuego sin razón. La escena del atardecer sobre las copas de los árboles que, momentos antes, había visto desde lo alto de un tanque de agua, árboles que ocultaban la aldea waimiri, tomaba vida en mi imaginación no como la representación de un paraíso natural, sino como una pesadilla. Veía las flechas volando vanamente sin siquiera rayar la pintura de los helicópteros, las trazadoras de las ametralladoras y los estallidos del napalm sobre las chozas desvalidas, los guerreros desnudos inmolándose frente al dios fríamente metálico y asesino. Veía los chicos corriendo desesperados entre el fuego, las madres cubriéndolos con su vida del pánico mortal. Y un repugnante general poniendo una banderita en un mapa, llevando a la práctica la consigna de hacer la ruta “con indios o sin indios”. No había sido ningún problema para él elegir lo segundo.

 

Cuando a la mañana del 3 de octubre me despedí de Antonio y el resto de los empleados del posto planagem, vi la BR-174 diferente. Lo que antes era una hermosa ruta pavimentada que me permitía cruzar con comodidad la temible jungla amazónica, era ahora un larguísimo reguero de sangre, sobre el cual estaba rodando. Las ruedas de mi bicicleta estaban teñidas de rojo, y se hundían en la viscosidad de litros de vida asesinada que yo había estado usufructuando sin saberlo. Y ahora que lo sabía, entendía cabalmente que el magnífico programa Waimiri Atroari no era una graciosa concesión del Estado brasileño a unos simpáticos indiecitos. Era un instrumento de contención y de dominación, una dominación inevitable porque era necesaria para la política expansiva de la dictadura militar, porque era un elemento más que contribuiría al proyecto estratégico del mayor Estado de Sudamérica de “ocupar la Amazonia”, para encauzar a los famélicos que no podían sobrevivir en sus regiones de origen a un lugar donde cumplieran una función en ese proyecto megalómano y aliviador de tensiones sociales y políticas en lugares a miles de kilómetros de allí, a miles de años de allí. Y, a la vez,  el fruto de la resistencia de aquellos guerreros que, con su arco, sus flechas y su cerbatana, se resistieron a ser pisoteados como hormigas y, durante años, libraron su lucha desesperada e ignorada, tenaces hormigas contra un elefante ciego y brutal.

 

Ese era el lugar que dejé después de dos horas y media de pedaleo sobre un pavimento hecho de cadáveres y sufrimiento, observado por árboles, plantas y animales que también deben su vida a ese sacrificio y, tal vez, por los ojos invisibles de los guerreros que, benevolentes, dejaron que hollara sus tierras amadas hasta la muerte. ■

 

 

Puesto Abonarí, entrada a la Tierra Indígena Waimiri Atroari

 

Un precario puente sobre un

río en la selva amazónica

 

Un igarapé,  fantástico paisaje característico de la Amazonia