Aventuras en bicicleta

Rumbo a Vallegrande

Por Andrés Ruggeri. andres@infobiker.com.ar

Fragmentos del Capítulo XIV del libro "América en bicicleta".

 

SÍNTESIS: Trayecto entre Cochabamba y la localidad de Vallegrande, a través de los valles que constituyen la bajada del altiplano boliviano a la zona de los llanos orientales. En las cercanías de Vallegrande actuó la guerrilla del Che Guevara, cuyo cuerpo fue enterrado clandestinamente en el aeródromo del pueblo.

 

Recorrido

Cochabamba - Vallegrande (Bolivia)

 

Distancia

 367 km., con una altura máxima de 3.400 m.s.n.m.

 

Puntos sobresalientes

del trayecto

Valles centrales de Bolivia y acceso a la zona de la guerrilla del Che.

 

Fecha

4 al 8 de mayo de 1998

 

Bicicleta

DBR Topanga (Shimano Alivio/STX 21 v.)

 

Es una sensación algo extraña pasar con una bicicleta cargada por en medio de un mercado indígena colorinche e hiperactivo, donde los campesinos que se distraen un poco de sus operaciones comerciales te miran torvamente, alguno que otro se cruza de golpe y te obliga a usar con rapidez los frenos, otros intentan venderte algo y nada, ni siquiera los puestos en que exponen la variada mercadería, parece tener la cualidad de quedarse quieto. Contraste profundo el de estos movidos mercados con la quietud, y hasta la pasividad, de la gran mayoría de las cosas en Bolivia. Autos, camionetas y camiones circulan a paso de hombre, tocando bocina permanentemente, hasta la exasperación, sobre un pavimento a duras penas conservado, con baches convertidos con frecuencia en pantanos.

 

Dos o tres cuadras de este tenor y la actividad frenética comienza a disminuir hasta apagarse totalmente. Un poco más adelante, resurge, y otro mercado igual al anterior aparece. A las pocas cuadras, todo se normaliza, y la ruta abierta comienza. Pronto, la ciudad de Cochabamba es sólo un rumor lejano, y me encuentro pedaleando a buena velocidad por una carretera bastante aceptable y razonablemente plana. Estoy transitando por el camino viejo que une Cochabamba con Santa Cruz de la Sierra, es decir, la región de los Valles con el Oriente boliviano, llano, bajo y caluroso. Es la ruta que me permitirá acceder a Vallegrande y La Higuera, el escenario de los últimos actos de la vida del comandante Ernesto “Che” Guevara y hacia donde me dirigía. Para llegar allí, debía atravesar tres valles y las cadenas montañosas que los separan, con su respectivas y correspondientes subidas y bajadas. Si hubiera tomado la ruta nueva, recientemente pavimentada pero ya algo arruinada (como es costumbre en Latinoamérica, la construcción de la carretera fue un negociado, y se utilizaron pésimos materiales a precio de oro que, lógicamente, se agrietaron a los pocos años de uso), hubiera tenido que hacer sólo una subida y luego una impresionante bajada de un par de cientos de kilómetros. La opción era atractiva, pero con dos inconvenientes. El primero y principal es que hubiera tenido que desembocar en Santa Cruz y luego desandar por la ruta vieja algo así como ciento setenta y cinco kilómetros, en subida. El segundo, era la conflictividad de la zona del Chapare, con los permanentes y siempre presentes o latentes conflictos, a veces armados, entre los campesinos cocaleros y las fuerzas represivas, policiales o militares, que intentan hacer cumplir la orden norteamericana de erradicar los cultivos de coca. Por lo tanto, no quedó otra opción que tomar la ruta vieja, montañosa y mal conservada, con gran parte del camino de tierra, o con el pavimento tan destruido que es posible adivinarlo, pero no transitarlo.

 

Tomamos, pues, el camino antiguo, con unos cuarenta primeros kilómetros llanos y veloces que me entusiasmaron, aunque ya se veían a lo lejos, y cada vez se acercaban más, las amenazadoras masas de las montañas a las que luego tendría que trepar.

 

La fiesta se acabó pronto, y comenzó un zigzag que me llevó a subir rápidamente, aunque con esfuerzo, bordeando el valle verde y hermoso, y ascendiendo siempre. Media hora de escalada, una curva, una zona más descansada para ir algo más veloz, contorneando las laderas de las montañas bajo la atenta e indescifrable mirada de algunos campesinos y un par de cuadrillas de obreros que trabajaban en la carretera. Luego, vuelta a subir, trabajosa, despaciosamente, hasta llegar a un amplio espacio verde que aparentaba ser el primer valle de la sucesión que hay entre las dos ciudades. Un breve descanso y otra vez arriba, hasta que el valle estrecho y colorido se abrió entre las montañas. Por suerte, porque la noche ya se aproximaba, y no era cuestión de quedarse en el medio de los montes.

 

Llegando a su fin la jornada ciclística, con unos setenta kilómetros en una tarde, una cifra respetable teniendo en cuenta la subida entre los 2400 metros de Cochabamba y los probables 3000 en que ya me encontraba, empecé a pensar en dónde pasar la noche. El pueblo en que, en teoría, lo iba a hacer, Tiraque, estaba visiblemente a algunos kilómetros de la ruta, y era preferible, si se podía, evitarlo, para poder salir lo más temprano posible al día siguiente.

 

Pasé un pequeño y no muy amigable caserío y, unos kilómetros después, llegué a la primera entrada a Tiraque. Preferí seguir a ver si en algunas de las casitas que se veían más adelante podía conseguir algún lugar para la noche y algo de comer. En la primera, sólo un niño. Paré y le pregunté. Se retrajo sobre sí mismo como si estuviera viendo una aparición.

 

-¿Sabés donde se puede conseguir alojamiento, o algo para comer?- fue mi pregunta, nada científica según me pareció. Debí repetirla dos o tres veces más hasta obtener un brazo extendido como respuesta, señalando un pequeño conjunto de viviendas unos quinientos metros más adelante. Entusiasmado por la calidez, intenté pedir información a tres mujeres quechuas que venían caminando por la ruta. Las tres, como en una coreografía ensayada, dieron media vuelta a la vez y me ofrecieron la visión de sus anchas espaldas y coloridos vestidos, con elocuencia. Les di las gracias con amabilidad y seguí, pensando que la cordialidad con el extranjero, por alguna extraña razón, había quedado fuera de la cosmovisión andina.

 

Con la molesta sensación de que la próxima vez tendría que intentar hablar con alguna de las rocas que bordeaban el camino, al parecer tan conversadoras como los indígenas, recorrí algunos cientos de metros hasta llegar al próximo acceso a Tiraque. Vi con preocupación que el sol caía, cosa natural dada la hora, y que el camino que me llevaría al pueblo era de ese empedrado colonial, especial para el ciclismo por las piedras cuidadosamente colocadas de punta. Tres individuos alrededor de un camión parado en el cruce se dignaron contestar mis preguntas. Había que ir hasta el pueblo, cinco kilómetros por los dientes de piedra. Sin darme por vencido, le pregunté a otro hombre, que casi espontáneamente, me dijo que en una casa que se veía “ahicito nomás”, a escasos veinte metros de la ruta, podía encontrar alojamiento.

 

Sin dudarlo me dirigí hacia allí. Era una típica construcción de ladrillos de adobe y techo de paja, hogar de una familia campesina. Empujando la bicicleta entre los pastizales, me acerqué, y un hombre salió a mi encuentro. Creí percibir un cierto vaho alcohólico, pero no le di mayor importancia. Este campesino, para mi sorpresa, era bastante hablador, y me hizo pasar enseguida a su casa. Apoyé mi pesado vehículo en una pared, y me senté en un taburete forrado de cuero de cabra, mientras respondía algunas preguntas del hombre.

 

-Aquí no tienes problemas, pues. A mí me gustan las personas que viajan, que hacen aventuras. Una vez pasó uno, pero ese hablaba raro.- Satisfecho de saber que aparentemente no milito en esa categoría de lenguaje ininteligible para los locales, intenté arreglar la cuestión de mi permanencia. -No te preocupes, esta es mi casa. Yo soy el hombre de la casa, tú aquí te quedas- insistió. Me pareció que algo andaba mal cuando repitió esto último tres o cuatro veces. Inmediatamente, me ofreció chicha. A pesar de mi negativa, dio dos palmadas y le ordenó a la mujer que trajese unos cueros de llama, que usaría de colchón, y “la chichita”.

 

La mujer apareció al rato, pero sin señales de la chicha y el colchón, y portando una seriedad de piedra. Mi saludo no mereció de su parte ni siquiera una mirada. Se dirigió con brusquedad al hombre de la casa, en quechua. De la aspereza de sus palabras sólo conseguí descifrar una: “gringo”, que repitió varias veces. Deduje, con agudeza, que yo era el gringo en cuestión. Se retiró después de una breve discusión.

 

Viendo el cariz que tomaban los acontecimientos, intenté explicarle al hombre que me retiraba. No quería ser el causante de un serio problema familiar.

 

-No, tú te quedas. Aquí mando yo- volvió a la carga. -Esta es mi casa, yo soy el hombre de la casa. ¡Mujer, trae chicha!- la respuesta fue uno de los silencios más profundos que conservo en mi memoria.

 

Después de aclarar dos o tres veces más su superioridad masculina, mi anfitrión se cansó y se rebajó a buscar por sí mismo la chicha. Otra vez estalló la disputa en la lengua de los incas, llegando cada tanto a mis oídos la palabra gringo. De pronto, el tono subió bruscamente, y sonaron dos o tres cachetadas. “El tipo la fajó”, pensé, pero mis preconceptos antropológicos me engañaron. El dueño de la casa apareció por la puerta, sin chicha y sin colchón, y tomándose la cara con ambas manos.

 

-Mi mujer no entiende- me dijo con gesto dolorido, -pero no te preocupes, aquí te quedas, yo soy el hombre de la casa, yo mando aquí-. Aunque las evidencias estaban en su contra, el campesino sostenía su tesis con terquedad, y no parecía dispuesto a ceder. De nada valieron mis insinuaciones, cada vez más directas, para irme al pueblo, preocupado además por no tener que pedalear el camino de las piedras antineumáticos de noche. Haciendo gala de una gran valentía, el hombre de la casa volvió a hacer sonar sus palmas -¡Mujer, trae chicha, carajo!

 

Otra vez silencio. El portador de los pantalones de la casa se paró y tambaleando enfiló la puerta infernal. Esta vez no hubo palabras, ni en quechua ni en español. Sólo se oyó el ruido del líquido derramándose con violencia. La incógnita se despejó rápidamente. Mi anfitrión apareció con el fluido viscoso y amarillento derramándose por su rostro sufrido de hombre golpeado. La triste imagen del hombre derrotado y humillado concentró sobre sí los sufrimientos de la dura vida del altiplano. Con expresión de enorme resignación debió aceptar su fracaso.

 

-Mi mujer no entiende- balbuceó entre lágrimas de chicha. -Ella no quiere que te quedes-. Agradeciendo al hombre sus denodados y vanos esfuerzos, dejé lo más pronto posible el escenario de la desolación, donde una nueva victoria matriarcal ondeaba sus banderas triunfantes sobre el campo de batalla. Tuve que encarar las piedras coloniales en la oscuridad y en subida, atravesando cinco interminables kilómetros de saltos y bandazos, cruzando los dedos para que las cuchillas prehistóricas con que habían empedrado el camino no me atravesaran las cubiertas. Por fin llegué a un pueblo algo más acogedor que la mujer de mi amigo, con un único hotel enorme y barato, que me esperaba con los brazos abiertos.

 

Un amanecer frío y tímido se asomó por la ventana. Después de una increíble ceremonia para pagar los escasos bolivianos que debía por el cuarto, volví a enfrentar el horrible camino. Con la luz del día, las tramposas piedras perdieron gran parte de su eficacia. De nuevo en la ruta, a seguir subiendo. Cada tanto pasaban camiones repletos de gente, y de algunos de ellos me gritaban cosas en quechua, seguramente nada amistosas. Anduve trepando cerca de una hora y media, hasta llegar a un punto en que, por una de esas casualidades de la vida, estaba marcada la altura, que era de 3430 metros, bastante menos que la cuesta de Tambo Quemado, pero igualmente respetable, en especial teniendo en cuenta que Cochabamba, el punto de partida, se encuentra unos 1000 metros más abajo. A partir de este punto, una bajada veloz y sinuosa me hizo adelantar cerca de quince kilómetros en poco tiempo, hasta llegar a un río que abría paso a un espectacular paisaje de verdes bosques y montañas nevadas al fondo. Después, vuelta a subir, pero algo más liviano y trabado, con muchas curvas y desniveles. Había bastantes árboles a la vera del camino, y muchas pequeñas casas de campesinos.

 

Eran las dos de la tarde y ya llevaba cerca de sesenta kilómetros pedaleados, las subidas no eran ni tan largas ni tan frecuentes, el camino estaba bien conservado y el paisaje era digno de ser apreciado. La hostilidad de la gente parecía haber disminuido, posiblemente porque eran muy pocos los que se encontraban en la ruta, y me hallaba físicamente bien y con ganas de pedalear. Pero como nada puede ser perfecto, las condiciones de la ruta comenzaron a empeorar. Al fondo de una bajada, a cincuenta y cinco kilómetros por hora, me encontré con la desagradable sorpresa de un asqueroso tramo de tierra, piedras y baches abundantes, y tuve que apelar a toda la pericia de que era capaz para no perder el equilibrio ante el inesperado cambio de superficie. Por suerte, en Cochabamba había tomado la precaución de cambiar las cubiertas lisas para asfalto por las montañeras, lo que me evitó una segura caída. La tortura duró escasos trescientos metros, pero fueron suficientes. En la subida subsiguiente noté cada vez más pesada la bicicleta, sin correspondencia con la pendiente, que no  era tan dura. Extrañado, paré y vi que mis pesadillas mecánicas se habían hecho realidad: el portaequipajes trasero se había partido a la altura del nacimiento de los barrales del lado izquierdo. La consecuencia de eso era la pérdida de sustento del equipaje y, por lo tanto, el roce del mismo con la rueda, frenando la marcha. Y por más que intenté soluciones del estilo “lo atamos con alambre”, no hubo forma de sostenerlo. El mundo que hasta cinco minutos antes me sonreía, pasó a mirarme con una mueca burlona y desesperanzadora. Había un pueblo cercano, pero nadie me sabía decir con precisión a qué distancia, y mi objetivo del día, una localidad  impronunciable, aún a cincuenta kilómetros.

 

Opté por intentar pedalear así, y pude avanzar razonablemente, aunque a cada rato sentía cómo se me inclinaba el equipaje y tenía que bajarme a acomodarlo. Pero por suerte, el deseado pueblo de Epizana no tardó en aparecer. Un villorrio miserable y polvoriento, con un puesto de policía y un increíble peaje, consistente en una cuerda que bajaban y subían desde una casilla al costado de la ruta. Para mi asombro, había un tallercito que, entre los múltiples trabajos que realizaba, estaba la soldadura de aluminio. O por lo menos eso intentaban. Por 10 bolivianos, algo así como dos dólares, y tres horas de espera, mi soldadura estuvo lista. No me inspiraba ninguna confianza pero me permitiría seguir. Igualmente, ese día me tuve que quedar en ese acogedor lugar.

 

Un hecho curioso ocurrió cuando uno de los cobradores del “peaje”, un pelado hablador, me interpeló. Me había visto en la televisión y me preguntó si estaba haciendo lo del Che, que era lo que, no sé por qué, le había quedado grabado de la entrevista. Casi hablando solo se entusiasmó y comenzó una perorata sobre todas las cosas que conocía que tuvieran que ver con Argentina. Empezó con el Che, siguió con Maradona, y luego de pasar por la geografía, la música, el fútbol, el fútbol nuevamente y el fútbol, volvió al Che Guevara. Se acercaron a la animada conversación otros empleados y uno de los policías de la estación. Mi interlocutor no tuvo mejor idea que decirle al policía que yo estaba siguiendo los pasos del Che.

 

-Yo odio al Che- dijo con la cara transfigurada. Repentino silencio entre todos los presentes, inclusive el hincha de Argentina, cuya larguísima lengua pareció enroscársele en el cuello. Mi respuesta fue un sobrio y hasta elegante “Ah”. La situación era bastante embarazosa, y sólo se aflojó cuando los músculos faciales del policía retomaron su ubicación habitual. -Yo fui soldado en esa época y sufrí mucho.- dijo a modo de justificación, pero nadie le creyó demasiado, y se dio por terminado el incidente.

 

Me pareció que ya había llegado el momento de abandonar la escena. Ya era demasiado tarde para seguir camino, y no quedaba más remedio que pasar la noche en Epizana. Conseguí un lugar en el único “hotel” existente, algo así como una caja de zapatos en mal estado, con una cama que haría la felicidad de cualquier entomólogo. Después de una breve cacería de insectos, arácnidos y afines, y colocando la bolsa de dormir sobre las, si se les puede llamar así, sábanas, me dispuse a un merecido descanso.

 

Amaneció en el inolvidable Epizana, y me dispuse a seguir camino, confiando en que la precaria soldadura aguantaría. Me despedí del pelado de la lengua incontenible, que ejercía imperturbable su trabajo de cobrador del rústico peaje. Era una tarea que, la verdad, no lo exigía demasiado. Sentado en la casilla, leía tranquilamente una revista Condorito, de esas que requieren la más alta concentración intelectual, mientras de reojo espiaba el movimiento del camino. Cuando paraba “una movilidad”, es deber del conductor acercarse hasta la cabina y pagar la tarifa correspondiente. Aquí entra en acción el hincha de Maradona, que con un calculado y casi automático movimiento de su mano, retira el clavo que sujeta la cuerda que hace las veces de barrera y, cuando el vehículo pasa, con otro veloz movimiento lo vuelve a colocar en su lugar, clausurando así el paso.

 

Lo más increíble de todo esto no es el imaginativo y económico método de cobro, sino el hecho mismo de que haya que pagar peaje por el tránsito de una ruta de espantosas características. Hubo todavía algunos kilómetros de una suerte de asfalto que permitía todavía avanzar a buen ritmo, pero que rápidamente se fue degenerando en una sucesión de baches, piedras en punta y pozos de arena de lo más molestos. Para colmo, los sucesivos ascensos y descensos seguían a la orden del día.

 

Hacia el mediodía, ya me encuentro definitivamente en una horripilante ruta de tierra, angosta y trabada, y trepando hacia el lugar conocido como “La Siberia”. Eligiendo cuidadosamente el mejor lugar para andar, voy de a poco metiéndome por entremedio de montañas verdes y matorrales que bordean la carretera, llenos del polvo amarillento levantado por los camiones. Cada tanto, una curva permite tener una fugaz panorámica de aquella interminable sucesión de cerros y valles, enmarcados por un cielo azul e infinito. Pequeñas casas de ladrillos de adobe y techo de paja, con corrales armados con ramas espinosas, perros con manía persecutoria de bicicletas, y niños jugando y corriendo de un lado a otro, completan el cuadro de este paisaje boliviano. Cada tanto me cruzaba gente caminando por la ruta, mujeres con sus criaturas a la espalda, hombres cargando bolsas con pesos inverosímiles, chicos que corrían y se escondían a mi paso. Nada de eso, sin embargo, lograba borrar la ansiedad por llegar a la parte, largamente anunciada, donde la carretera iba a ser menos exigente.

 

La famosa Siberia apareció finalmente, sumergiéndome en una nube permanente, con la consecuencia, inevitable, de tener que aguzar los oídos para tratar de escuchar el vehículo que se acercaba con tiempo para salir de su paso. Aquí, por primera vez, le encontré cierto sentido a la costumbre boliviana de dar bocinazos toda vez que ven algún vehículo o persona a menos de cien metros. La niebla se transformó en una ligera y molesta llovizna, de esas que son demasiado poca cosa para ponerse el impermeable pero lo suficiente como para humedecer e incomodar bastante.

 

Entrada la tarde, y después de subir cerca de tres horas, llegué, en arremetida triunfal a lo Fausto Coppi, a la cima de “La Siberia”. Uno de esos lugares que, por su altura, presuponen una panorámica maravillosa, pero la niebla no dejaba ver absolutamente nada más que ella misma. El descenso comenzó, brusco y técnico. Y, como no podía ser de otra manera, la precaria soldadura estalló. Otra vez como antes pero en medio de nada. Los experimentos para seguir, aprovechando la bajada, fueron fracasos lamentables. Si bien la bici, por la pendiente, se movía, el roce permanente iba a acabar con la cubierta. Volví a parar y, resignado, a esperar quien me sacara  de allí.

 

Dos horas después, un camión accedió, por un módico precio, a llevarme. En Bolivia todo es barato, pero nada es gratis. Hay una compleja trama de tradiciones culturales y relaciones sociales andinas, desarticuladas y subordinadamente insertas en el particular capitalismo subdesarrollado y sobreexplotador boliviano, que lo explican, pero eso no es, obviamente, tema para desarrollar en este relato.

 

Sí podemos decir que durante el viaje nocturno en camión, extrañé profundamente el estar sobre mi bicicleta, a la que tenía que retener con las piernas porque, a pesar de su peso (tuvimos que subirla entre tres por las altas paredes de la caja del camión), pugnaba por saltar hacia los barrancos. A los bocinazos en cada curva, con un frío penetrante y desalmado, fuimos avanzando hacia el último de los valles interserranos, donde se ubica la ciudad de Vallegrande. Iba acostado en una cómoda plataforma de ladrillos, enfundado en todo el abrigo disponible, y tratando de contener a mi bici en sus intentos de fuga, saltando hasta medio metro en el aire en cada uno de los pozos que mi benefactor agarraba a ochenta kilómetros por hora.

 

Después de atravesar el poblado de Mataral, intersección de acceso a Vallegrande, y hacer cincuenta kilómetros hacia el sur, llegamos a una bella ciudad de casas bajas y techados rojos, de tranquilidad pasmosa, en especial a las siete de la mañana. Calles estrechas y empinadas, una plaza arbolada y un mercado donde pilas de cebollas, limones, papas y otros vegetales eran los dueños y señores de la escena. Ahí descendí y me dispuse a buscar a los miembros del equipo cubano de búsqueda de los restos de los caídos en la experiencia guerrillera de 1967, los mismos que meses antes habían hallado al Che.

 

 


Una de las cumbres en los Valles Cochabambinos

 


El "peaje" de Epizana