Aventuras en bicicleta

Travesía del Paso de Jama (1)

Por Julio C. Benítez

 

SÍNTESIS: Impresionante cruce de los Andes por el Paso de Jama, entre Antofagasta (Chile) y S.S. de Jujuy (Argentina), empezando en pleno desierto de Atacama y cruzando abras de altura (como el Abra de la Pacana, a 4750 m.s.n.m.) durante 10 días, recorriendo casi 850 km.

 

Recorrido

De Antofagasta (Chile) hasta S.S. de Jujuy (Argentina).

 

Distancia

835 km.

 

Puntos sobresalientes

del trayecto

Desierto de Atacama, San Pedro de Atacama, Abra de la Pacana, Paso de Jama, Cuesta de Lipán. Altura máxima: 4750 m. (Abra de la Pacana, Chile)

 

Fecha

 9 al 18 de noviembre de 1995

 

BicicletaS

MTB cuadro Sakae Litage y Nishiki (21 vel. Shimano Alivio/Deore, ambas)

  Participantes Pablo José S.M. Pereyra (45) médico oftalmólogo y Julio C. Benítez (47) empleado de comercio

 

En su inauguración el Paso de Jama, único paso oficial entre Argentina y Chile en la provincia de Jujuy, era muy diferente a hoy. El trazado actual tuvo pocas variantes, pero el pavimento a ambos lados de la frontera, hoy ya completado, en el ‘91 era todavía una ilusión. En Chile llegaba hasta San Pedro de Atacama y en muy mal estado, y del lado argentino se lo encontraba recién en Purmamarca, o sea que entre ambas localidades se extendían 450 km. del más infame camino de ripio, arenales y serrucho. Había sido inaugurado oficialmente en 1991 con bombos y platillos, y la promesa de ambos gobiernos de pavimentarlo en su totalidad.

En 1994 un trío de ciclistas jujeños lo recorrieron en el mes de julio, partiendo desde Tocopilla en Chile y con temperaturas de hasta –16º  llegaron a San Salvador de Jujuy. Hasta donde yo sé, fueron ellos los primeros ciclistas en hacer el cruce de los Andes por esa ruta. Desgraciadamente uno de ellos, el Dr. Jorge Moreno, moriría unos años después en un accidente durante una escalada al Cerro Chañi, al caer por el glacial.

Después de hablar con ellos acerca de la travesía, me entusiasmé con la idea de hacerlo. Al primer amigo que le hablé del proyecto me respondió “estás loco”. El segundo me preguntó: “¿cuándo lo hacemos?”. Ya estaba el equipo formado.

Nuestra travesía sería un poco más larga que la del ‘94  y empezamos a entrenarnos  en agosto del ‘95. Todavía no teníamos definida la fecha, pero con el correr de los días llegamos a la conclusión que lo mejor sería en noviembre. Había dos motivos para ello: en primer lugar las obligaciones laborales de uno y otro hacían que en ese mes tuviéramos cierta calma en nuestras actividades y por otra parte, el clima de la región es el más propicio del año: es época seca, por lo que el riesgo de nevadas es más bajo que en verano, y por supuesto que en pleno invierno; la temperatura posiblemente es la más alta del año y los vientos predominantes del oeste estarían a nuestro favor.

Aprovechábamos nuestras salidas diarias en bici o las cortas escaladas a pie,  para ir planificando y ajustando la logística de nuestro proyecto. Sabíamos que en el tramo entre San Pedro de Atacama y Susques (330 km.) no tendríamos abastecimiento de ningún tipo, salvo en el puesto de gendarmería argentina en la frontera, donde podríamos abastecernos de agua.  Esto nos daba dos opciones: o cargábamos en las bicis el agua y alimentos necesarios para los tres o cuatro días que calculábamos para el cruce o bien dejábamos durante el viaje de ida en ómnibus las postas necesarias en algún lugar del camino. Por supuesto que lo más indicado era la segunda opción, ya que salir de San Pedro a 2.300 m.s.n.m y enfrentar la temible cuesta hasta el Abra de la Pacana a 4.750 m.s.n.m. con  20 o 30 kg.. de más no nos entusiasmaba mucho. Esta ascensión, si bien no presenta un grado de inclinación excesivo (el desarrollo total es de 65 km., lo que hace un promedio del 3.77%, aunque en algunos tramos calculo que debe llegar al 6% o más) en esa época era totalmente de tierra. En esta zona el piso está formado mayormente por un tipo de arena volcánica, muy liviana y esponjosa y, por lo que comprobamos “in situ”, da la sensación de que algo “atrapa” la rueda de la bici.

En setiembre ya habíamos confirmado la fecha para los primeros días de noviembre y comenzamos a intensificar el entrenamiento. Ese mes efectuamos dos ascensiones a la cuesta de Lipán, cargando las bicis con todo el peso que calculábamos llevar durante la travesía: unos 35 kg.. cada uno. Saliendo desde Purmamarca, a 2.200 m., hicimos los  42 km.. hasta llegar al punto más alto: el Abra de Potrerillos, a 4.170 m.. en aproximadamente 6 hs. y descendimos en 1h 15’.

Nuestro grupo de compañeros habituales nos propuso hacer otra, y se formó un equipo de aproximadamente diez ciclistas. Esa vez, y dado que ya habíamos hecho la prueba de “tanques llenos” salimos con sólo lo necesario, o sea unos 2 l. de agua y alguna cosa para comer. Todos llegaron... menos yo. A los 3.500 m. me apuné y tuve que bajarme de la bici, mientras todos llegaban arriba, incluido Pablo, mi futuro compañero de travesía. Esto fue un duro golpe, que hizo replantear mi capacidad de poder realizar el proyecto sin terminar volviendo a dedo. Gracias al estímulo de Pablo, quien me convenció de que días malos tenemos todos, seguí adelante. 

Y así, entrenando seis días a la semana,  por fin llegó la fecha esperada.

Salimos de San Salvador de Jujuy el 7 de noviembre, rumbo a Antofagasta, con nuestras bicis embaladas en la bodega del ómnibus. Yo llevaba mi “fierro” favorito, un cuadro Sakae Litage, de aluminio, modelo 1986, con horquilla rígida también de aluminio (una joya de horquilla). Nunca tuve una bici más cómoda que aquella. Cuadro clásico el Sakae, sin sloop ni oversize ni nada que lo diferenciara de una “road bike”. Me daba las mismas medidas que mi bici de “carrera”, la de ruedas finitas.

Pablo llevaba su “panzer”. También un cuadro al viejo estilo, una Nishiki, de acero, con horquilla de suspensión Suntour, pesada como bici de reparto, pero para él, la mejor bici del mundo.

El equipo de las dos era muy parecido: todo Shimano con algunas partes Alivio, otras Deore, de 21 velocidades con platos 24-32-42 y piñones 13 al 32, dos portatermos en cada bici, dos alforjas traseras y un bolso delantero (de manubrio), velocímetro y altímetro. Pusimos cubiertas Kenda con tacos en V, las favoritas de Pablo en esa época. Después de haber hecho el viaje pienso que unas slick o semi slick hubiesen sido más adecuadas.

El resto del equipo consistía en: carpa para dos, bolsa de dormir, filmadora y cámara fotográfica, calentador y garrafa de repuesto, farol a pilas, linterna, marmita, termo, una cubierta y tres cámaras de repuesto, parches y solución, cables de freno y cambio, rayos y llave estirarayos, un trozo de cadena de bici, tornillos de repuesto p/portaequipajes (la experiencia indicaba que se rompen fácilmente y te pueden arruinar un viaje), llaves allen, llaves de boca, destornillador, corta cadena, extractores, pinza, un poco de aceite para la cadena, la gotita, cinta McGuiver, y algunos “etc.” por eso de “prefiero tenerlo y no necesitarlo, a necesitarlo y no tenerlo”, que agregaron unos pocos kilos más.

En cuanto al equipo personal, llevamos dos calzas cortas y una larga,  camisetas, varios pares de medias, buzo polar, rompevientos, casco, gorra, gorro alpino, guantes de ciclismo y guantes térmicos, anteojos para el sol, zapatillas de ciclismo, y algún “etc.” que ya no recuerdo.

Pablo, como buen oftalmólogo, se ocupó de todo lo referente al cuidado de los ojos y yo le agradecí especialmente las lágrimas artificiales que usé abundantemente, sobre todo en el desierto de Atacama. También cargó una buena cantidad de medicamentos por si acaso (afortunadamente no utilizamos ninguno). Como suplemento calórico utilizaríamos Glucolín y para reforzar la dieta líquida, jugos Tang. También incluíamos una buena cantidad de Total Magnesiano Sport.

Llegamos a Antofagasta a eso de las 10 de la noche. El viaje de 830 km.. lo habíamos ocupado fundamentalmente en ir anotando en nuestro libro de viaje todas las referencias útiles para el regreso en bici. Para eso habíamos reservado los dos asientos delanteros, frente al parabrisas, para disponer de buena visión del camino. Junto a la referencia, anotábamos el kilometraje de la lectura del odómetro del ómnibus. (Ya de regreso y en la primera referencia comprobamos con los odómetros de las bicis que había diferencia, que una vez determinada, compensamos para el resto del viaje). La otra tarea fundamental en el viaje de ida, fue ir dejando las postas en los lugares aproximadamente calculados de antemano, que en un total de cinco habíamos preparado en Jujuy. Consistían básicamente en una buena cantidad de agua (10 l. en cada una) y comida (sopa, alimentos en lata, café, leche en polvo, chocolates, caramelos, galletitas, granola, etc). Comprobamos después que entre los dos consumíamos a razón de 9 litros de agua por día (incluida la higiene personal). Los choferes chilenos de la empresa Tramaca amablemente detuvieron el ómnibus cada vez que lo pedimos y esperaron con paciencia hasta que escondimos nuestras provisiones, mientras los pasajeros miraban extrañados nuestras maniobras. Cada posta fue dejada donde calculábamos un fin de etapa. Esto a veces nos “forzó” a llegar a un punto determinado, luchando contra los “ya no doy más, paremos aquí”.

Hicimos los trámites de migración y aduana en San Pedro de Atacama (en la aduana chilena tuvimos que convencerlos de que eran bicis usadas, ya que habíamos utilizado cajas de bicicleta para embalarlas), y en la terminal de Calama, ya de noche, cambiamos algunos pesos chilenos y cenamos ligeramente aprovechando la parada del ómnibus, que allí combina con el que va hacia el norte, a Iquique y Arica.

Al llegar a Antofagasta, desembalamos y armamos nuestras bicis y recorrimos el centro de la ciudad buscando un hotel donde nos quedaríamos esa noche y la siguiente.

Al día siguiente aprovechamos para hacer algunas compras, entrenarnos, hacer turismo y sobre todo para comer mariscos del Pacífico. Recorrimos la costa primero hacia el sur, hasta la famosa Portada, un arco (¿de piedra?) que se eleva sobre el mar, y luego hacia el norte, hasta el puerto El Coloso. En total unos 100 km., entre la mañana y la tarde y nos sentimos felices y en plena forma física, muy confiados para lo que nos esperaba por delante.

 1ra. Etapa. 9/11/05

El día 9, bien temprano, desayunamos en el hotel todo lo que pudimos y nos largamos a la ruta.

De entrada nomás y para entrar en calor, nos recibió una cuesta de 10 km., desde los 0 m.s.n.m. hasta casi los 500 m. Es la cadena montañosa llamada la Cordillera de la Costa, que, con distintas alturas, recorre paralela a la misma prácticamente  todo el país.

Una vez arriba, todo lo demás fue un falso llano interminable, internándonos en el Desierto de Atacama que, según leí, es el desierto más seco del mundo (hay lugares allí donde no llovió durante todo el siglo pasado). En este lugar no se ve ni la más mínima planta.

Al mediodía, habiendo ya cruzado la línea del Trópico de Capricornio, paramos a almorzar en Baquedano, a 72 km. de la salida y 900 m. de altura,  y esperamos bajo un tinglado hasta las 5 de la tarde para continuar viaje, debido al terrible sol del desierto, que ya nos iba marcando la piel.

Como a las siete llegamos a Carmen Alto, un cruce caminero a 1300 m. de altura y armamos nuestro primer campamento, al lado de la estación de servicio Copec. Allí cenamos en el “drugstore” y también aprovechamos a bañarnos. Habíamos hecho nuestros primeros 100.34  km. de desierto en 5 hs. 30 min. a 18.2 km./h de promedio.

 2da. Etapa. 10/11/05

El plan era llegar a Calama, importante ciudad minera del norte de Chile, a 2.200 m.s.n.m. Serían 115 km. de desierto y sol. La carretera es excelente, con arcenes consolidados, que utilizábamos en ocasiones cuando el tránsito (entiéndase bocinazos) nos obligaba a la prudencia. Este fue un día de viento fuerte y un tanto cruzado, ya que soplando del oeste nos tomaba de la izquierda a 45º mas o menos. Por momentos nos favoreció y otros nos molestaba un poco. En esta etapa, si bien tenía un desnivel de 900 m., nunca tuvimos cuestas muy pronunciadas. A los 47 km. y 1.540 m. cruzamos el poblado de Sierra Gorda  (donde los carabineros en la ruta nos pararon y pidieron documentos...) y aprovechamos para almorzar en un restaurante sobre la ruta. Otra vez tuvimos que esperar hasta que bajara un poco el sol para continuar y lo hicimos en la plaza, bajo los únicos árboles de todo el pueblo. La temperatura de estos dos primeros días superaba los 35 grados. Continuamos hacia Calama, y pudimos hacer una parada en un pequeño parador a los 71 km. y 1885 m., donde tomamos gaseosas y comimos algunas galletas dulces. Faltando poco para llegar, a la bici de Pablo se le rompió el soporte del asiento cuando transitábamos un desvío de tierra en un sector que estaba siendo repavimentado. Por suerte faltaban pocos km. a Calama y Pablo se las arregló para pedalear con el asiento suelto. Una vez allí, lo primero que hicimos fue buscar una bicicletería, donde tuvimos la suerte de conseguir un portasilla del diámetro de la Nishiki, incluso de mejor calidad que el original. Solucionado el problema (que iba a ser la única rotura en todo el viaje) nos dedicamos a buscar alojamiento y después de un baño, salimos a cenar. Fueron unas pizzas excelentes, acompañadas de cerveza chilena Royal Comand en cantidad suficiente para rehidratarnos después de tanto desierto. Terminamos de calmar las ansiedades con unos soberbios helados, frente a la plaza principal, disfrutando de la cálida noche del desierto. Los 114.66 km. los hicimos en 6 hs. 35 min. a 17.3 km. de promedio. El altímetro marcaba 2185 m.

3ra. Etapa. 11/11/05

Otro día nuevo y otra vez a dar pedales en el desierto de Atacama. Salimos temprano a la ruta, después de comprar algunos víveres para el día. Esperábamos otro paseo como el día anterior, ya que nuestra hoja de ruta nos indicaba un camino llano, con salida a 2100  y llegada a 2.300 m., en San Pedro de Atacama, y un total de 100 km. Error: las alturas estaban bien indicadas en los extremos, pero el camino subía y subía en un falso llano con desniveles pronunciados cada tanto. Lo que tampoco decía nuestro mapa es que en la mitad había que cruzar el Paso Barros Arana, a más de 3.000 m. con una pendiente fuerte de 10 km. y especialmente dura en los últimos tres km. Una vez arriba, fue un descenso vertiginoso (en algunos tramos superamos los 70 km./h) hasta los 2.000 m., en el salar de Atacama, y desde allí otra vez a subir hasta los 2300 para llegar al pueblo. Antes de llegar  cruzamos el famoso Valle de la Luna, un paraje de dunas de arena y promontorios rocosos muy llamativos. La temperatura, debido a la altura, había descendido bastante, y se mantuvo casi todo el día por debajo de los 25 grados. Llegamos a San Pedro de Atacama pasadas las 6 de la tarde, habiendo hecho 105.33 km. en 7 hs. 8 min. a 14.7 km./h de promedio y con el altímetro indicando 2325 m.. 

Descanso día 12/11/05

Conseguimos un buen lugar para pasar las dos noches que teníamos planeado quedarnos aquí, antes de empezar la parte realmente difícil de la travesía. La oferta gastronómica de este pueblito es muy buena, y disfrutamos las tres comidas que hicimos. Aprovechamos el día paseando por el pueblo, visitando el museo arqueológico (reconocido mundialmente) con sus momias y demás, el mercado de artesanos, la iglesia antiquísima y solamente subimos a las bicis para ir hasta los baños termales, distantes tres km. del pueblo, donde disfrutamos del agua caliente en una hermosa piscina. Camino a las termas, al rodar sobre la tierra, nos dimos cuenta que debíamos bajar la presión de las ruedas, adecuada para el pavimento que habíamos dejado atrás.

 4ta. Etapa. 13/11/05

La cuarta etapa comenzó temprano el 13 de noviembre de 1995, mi cumpleaños nº 47. Dejábamos detrás el desierto de Atacama y por delante teníamos un impresionante despliegue de volcanes y montañas y la ruta que parecía perderse entre ellas. Las montañas se veían tan altas que parecía imposible subirlas. El cruce de Los Andes comenzaba en este momento. Serían 450 km. entre  los 3.600 y 4.700 m. Sabíamos del frío de las noches y el viento durante el día. Sólo contábamos con las reservas que habíamos ido dejando en el camino, ya que ante la subida que enfrentábamos, sólo cargamos lo justo para ese primer día. Pero no era el momento de achicarse.

Comenzamos a ascender inmediatamente de dejar el pueblo, a las 7.30 de la mañana. El altímetro iba marcando el ascenso constante: 2.310, 2320, 2350, 2400, 2500...  lentamente hacia arriba pero nunca un metro hacia abajo. A nuestra izquierda nos acompañaba solemne el Volcán Licancabur, sobre el límite con Bolivia. Era realmente una hermosa vista y me hubiese gustado poder ir hasta el pie de esa gran montaña nevada. Hacia la derecha y limitando con Argentina, veíamos otro gran volcán, el Lascar, que en esos días lucía una importante columna de vapor, perfectamente visible desde esa parte de nuestro recorrido. Como a las 2 de la tarde habíamos alcanzado casi los 4000 m.., y la Cordillera ya no parecía tan alta. Subíamos con plato chico, lentamente, a 6, 7,  nunca a más de 10 km./h. Lo que sí iba rápido eran las pulsaciones. Todavía faltaban 750 hasta arriba y el piso era cada vez peor con muchos pozos y arena suelta. A las 5 de la tarde habiendo hecho 55 km. y a 4450 m. encontramos nuestra primera posta y decidimos acampar. El frío y el viento se hacían sentir y en cada detención nos enfriábamos mucho. Armamos nuestra carpa al lado del camino, al reparo de una gran roca volcánica, calentamos una sopa y comimos las provisiones dejadas en la posta. Esa noche nos despertamos varias veces con cierto malestar,  producto tal vez de la altura y el cansancio. Habíamos hecho la etapa en 7 hs. 12 min. a 7.6 km./h de promedio para los 55.42 km.

 Continúa en Travesía del Paso de Jama  2

 

 

Pablo, saliendo de Antofagasta

 

En la línea del trópico de Capricornio

 

Acampando en las alturas

 

 

Estampado de la camiseta de los ciclistas.