Aventuras en bicicleta

Escalera al cielo

Por Andrés Ruggeri.

Fragmentos del Capítulo XI del libro "América en bicicleta".

 

SÍNTESIS: Dura cuesta entre las costas del Pacífico y uno de los pasos más altos de la cordillera de los Andes, con un desnivel de 4.680 metros en menos de 200 km. Se atraviesa el Desierto de Atacama y se asciende la cordillera de los Andes hasta el altiplano boliviano, atravesando los majestuosos paisajes del Parque Nacional Lauca.

Recorrido

Arica (Chile) - Tambo Quemado (Bolivia)

 

Distancia

 193 km., entre 0 y 4680 metros sobre el nivel del mar

 

Puntos sobresalientes

del trayecto

Desierto de Atacama, Parque Nacional Lauca, Lago Chungará, Volcán Parinacota

Fecha

11 al 16 de abril de 1998

Bicicleta

DBR Topanga (Shimano Alivio/STX 21 v.)

 

Estaba llegando a Poconchile, minúsculo pueblo que era la primera escala de la larguísima subida hacia el altiplano boliviano, que presagiaba ser (y la realidad se encargó brutalmente de confirmarlo) la más sufrida de todo el viaje. Me encontraba pedaleando en una pendiente imperceptible para los ojos, aunque no para las piernas, paralelo a la línea desvencijada del tren Arica - La Paz, cuyos vagones despintados se hallaban diseminados por las cercanías. El sol del desierto, al que nunca logré acostumbrarme, estaba matizado por el verde del valle de Lluta, por el cual transita la ruta en este tramo. Cultivos y algo de ganado cortado de golpe por el gris del Atacama. La carretera se empezó a elevar y, con dificultad, fui llegando a la entrada del pueblo, donde dos mochileros estaban indolentemente tirados al costado de la ruta. Una breve bajada y apareció un gigantesco cartel anunciando los 474 metros sobre el nivel del mar, junto al infaltable puesto de carabineros. Cuarenta y dos kilómetros después de salir de Arica, acababa sin mayores inconvenientes la primera jornada del tramo Arica - La Paz.

 

Había salido cerca de las tres y media de la tarde, después de tres días de descanso en la ciudad más norteña de Chile, en casa de una familia muy amable y de condiciones económicas precarias. Aproveché para visitar el histórico Morro, donde se desarrolló la sangrienta batalla en que los chilenos desalojaron al ejército peruano de la región, y el valle de Azapa, uno de los pocos valles que atraviesan el desierto y colorean con un poco de verde el paisaje seco, polvoriento y pedregoso. Cuando salí, anduve unos kilómetros paralelo al Pacífico hasta el cruce de rutas, que divide el camino a Tacna (Perú), de aquel que, sin miramientos, sube la cordillera y se dirige a Bolivia. Dos horas después, el casi inmóvil pueblito de Poconchile. [...].

 

A la mañana siguiente, luego del desayuno, armada la bicicleta y todo el zafarrancho, me dispuse a enfrentar lo que con toda seguridad sería un día de sufrimiento. Estaba recién a 480 metros de altura (Arica está al nivel del mar), y el punto máximo, Tambo Quemado, que es también la frontera con Bolivia, está a 4680 metros. Igualmente, estaba bastante confiado, y no era una confianza sin motivo: había hecho el primer cruce de los Andes con bastante facilidad, y en un viaje anterior había cruzado el Abra del Acay, en la provincia de Salta. Ese lugar tiene la reputación, no sé si bien ganada, de ser el paso carretero más alto de América, con sus buenos 4900 metros de altura, que logré cruzar sin mayores problemas aparte de la dificultad de la subida, y sin sufrir los efectos del soroche, el famoso mal de altura. Claro que hacía varios días que estaba andando por encima de los 3000 metros, por la Puna argentina. En esta ocasión, en cambio, me estaba remontando a una altura poco menor, en unos doscientos kilómetros y partiendo desde las orillas del Pacífico, sin aclimatación ninguna.

 

Comencé a andar. Una subida de esas que te dejan el corazón a doscientas pulsaciones fue el aperitivo. A los pocos kilómetros estaba andando por una ruta de cornisa, que semejaba un balcón desde el que se veía el valle de Lluta, que como una serpiente se deslizaba entre las montañas grises y castigadas por el sol implacable. Pero pronto la ruta bajó y se estabilizó a la altura del valle, entre los cultivos de maíz y frutas tropicales. Un descanso para ir a buena velocidad y avanzar bastante. El enemigo en ese momento era el calor, aunque estaba claro que la pendiente no tardaría en llegar. Hice una pequeña parada para repostar agua, junto a dos camiones bolivianos que acababan de bajar desde la frontera. Me informaron que la ruta estaba buena, toda asfaltada hasta La Paz, aunque no hallaban posible subir en bicicleta. Seguí viaje, y dos curvas más adelante, apareció. La carretera se hizo un tobogán que se perdía, y la veo recién a lo lejos, casi en la cumbre de las montañas, delatada por un puntito negro que se movía con lentitud, uno de los camiones que me había pasado.

 

Tratando de no pensar, entré en el caracol. A los pocos minutos estaba colgado de los precipicios, bajando todos los cambios. No me alcanzaban ni los platos ni los piñones, y las piernas empezaban a sufrir. Curva tras curva, doblando y subiendo. El Valle de Lluta ya era sólo una mancha verde allá abajo. Cada pedaleada costaba y la velocidad era cada vez más baja: 8, 7, 6, 5 kilómetros por hora. Me pregunté si no sería mejor ir caminando. Intenté ir parado, pero el peso que llevaba y la pendiente eran demasiado fuertes para poder balancearme sobre la bicicleta. A veces sentía el rugido de los camiones, y los veía subir trabajosamente, hasta que me alcanzaban, me pasaban y se perdían atrás de la primera curva. Los seguía con la vista y prestaba atención al ruido del motor para tratar de saber si la pendiente se desaceleraba, pero era todo igual o peor. Para colmo de males, la rodilla empezó a molestar. Un dolor fuerte, como puntada, me paralizó. Con temor, me bajé, estiré las piernas, descansé un par de minutos y seguí. El dolor insistía y subí el asiento dos centímetros. Cesaron las molestias y me tranquilicé, el único enemigo siguió siendo la subida. La sucesión de curvas y contracurvas se suavizó y el valle ya casi se perdía de vista al fondo del precipicio. Todavía había un fuerte calor y persistía el clima desértico.

 

Al mediodía paré para comer, cuando encontré una sombra. Llevaba recién treinta kilómetros y había andado cerca de tres horas. Calculé, a ojo, que estaba ya a unos 1500 metros de altura, porque la subida, que ahora era algo más llevadera, había sido de pendientes muy fuertes al principio, posiblemente entre 15 y 20 % de inclinación, lo cual es mucho. Estaba metido en una especie de cañón, con quince metros de pared pedregosa hacia arriba, lo que daba una sombra que me protegía del sol asesino. Como nada es gratis, en la sombra hacía frío y me tuve que abrigar. Cada tanto pasaba un auto o un camión cuyos ocupantes me miraban como si estuvieran viendo a un extraterrestre. Empecé a entender a los animales del zoológico.

 

A partir de ahí, la ruta, como es lógico, siguió su subida implacable, y el valle ya era un recuerdo. Me interné entre montañas amarillas de raras formas, pero que por lo menos me daban algo de sombra de vez en cuando. Como la sombra estaba  en general del otro lado de la carretera, volvía a cruzar al sol cuando venía algún vehículo, en especial cuando era uno de los gigantescos camiones bolivianos que hacen el grueso del tráfico del comercio exterior de su país por esta ruta. Después de un par de horas en que logré desarrollar la fantástica velocidad de ocho kilómetros por hora, volvió la pendiente demoledora. Entre una vuelta de pedal y otra, trabajosa y esforzada, parecía haber una eternidad. La subida aparentaba terminar ahí nomás, al doblar la curva, pero ya era claro que se trataba sólo de una ilusión; al doblar, la pendiente, que pareció aflojar, volvió con todo brío. Las piernas, pegadas a los pedales, protestaban, y hasta la bicicleta parecía chillar.

 

Iban cincuenta kilómetros y nada cambiaba. Montañas grises a lo lejos y amarillas de cerca, el pavimento humeante, camiones que avanzaban bajo protesta y que bajaban con las riendas apretadas, la subida que pide otro piñón y ya no había más. Solamente cambiaba el sol, que contradiciendo al camino, bajaba cada vez más. Ninguna señal de asentamiento humano por las cercanías. Paré un camión para pedir agua.

 

-Agua pura, de Santa Cruz- dijo el boliviano, y no pude evitar acordarme del cartel indicador a la salida de Arica, cien kilómetros atrás, que decía: “Santa Cruz 1150 km”. Yo estaba tratando desesperadamente de llegar a Putre, que estaba a treinta kilómetros y mil metros arriba. Tuve la impresión de estar tomando agua de los casquetes de Marte. -Copaquilla está “ahicito nomás”, donde está ese poste de luz. Después hay bajada- mintió descaradamente.

 

Con el pretexto de cambiarme la remera, petrificada por el sudor seco, aproveché para descansar unos diez minutos, mientras observaba resignado como el sol se escapaba. Tomé coraje y volví al pedalear lento y hacia arriba. El ciclocomputador marcaba setenta kilómetros, en casi siete horas. La cosa ya se estaba poniendo fea, el día avanza y cada vez hacía paradas más frecuentes.

 

Ya casi no había luz y otro camionero me informó que Putre estaba a quince kilómetros. Decidí seguir, y como ya era evidente que me agarraría la noche, puse las luces. El foco delantero para que me vieran los que venían en sentido contrario, porque había una luna luminosa y se veía bastante. Encontré una pequeña y algo estúpida distracción en hacerle señales a los vehículos que me cruzaba, tapando el foco con la mano como si fuera un guiño. Seguí pedaleando al mismo ritmo lento, pero constante. De nada servía forzarse y tratar de ir más rápido. Sería gastar en cinco minutos la energía necesaria para las próximas dos horas. El paisaje ya sólo eran sombras recortadas contra la luz de la luna.

 

Putre se hizo desear. Me tuve que abrigar porque el desierto humeante del día se convierte en un páramo congelado durante la noche. Y la subida siguió. No terminaba más. Estaba a punto de tirarme en el primer claro que apareciera cuando vi unas luces. Me ilusioné pensando que era el famoso Putre, al que ya me imaginaba como una especie de paraíso mahometano donde serían recompensados todos mis esfuerzos. Sin embargo, era un rústico y ascético retén de carabineros. Me informaron, de todos modos, que el maravilloso pueblo de Putre estaba a cuatro kilómetros por un desvío a la izquierda de la ruta. Vi una espectacular bajada y pensé ¿qué son cuatro kilómetros después de todo lo que hice? Y me tiré de cabeza. Hice doscientos vertiginosos metros y me encontré con una subida abrumadora. Los cuatro kilómetros de nada se convirtieron en el Tour de Francia. Estaba al borde de la desesperación, subiendo una vez más, y acordándome de la madre de todos los chilenos que no saben construir rutas planas ni poner los pueblos al lado de la carretera. Por suerte no eran cuatro sino dos los kilómetros que había que subir. Los otros dos eran de bajada que hice casi a tientas, con las manos en los frenos para no darme contra las rocas o irme por un barranco, pero sin pedalear, aterido de frío.

 

Cerca de las diez de la noche hice una entrada que no era precisamente gloriosa a ese soñado Putre, que resultó ser un pequeño (una crónica de suplemento de turismo de algún diario seguramente hubiera dicho pintoresco) y empedrado pueblo indígena de calles torcidas y amarillentas casas de adobe. Me metí en el primer hotelito que encontré, me tiré en la cama, más bien me desplomé, y me di cuenta de que tenía un dolor generalizado, un cansancio monumental. Al rato la situación del cuerpo se calmó y empecé a notar un dolor de cabeza cada vez más intenso, sobre las cejas. Pregunté a qué altura estaba, y la respuesta, amablemente odiosa, fue 3500 metros. Tomé conciencia de que había subido en un día de 480 a 3500 metros de altura, que lo había hecho pedaleando a lo largo de casi noventa kilómetros y que ese dolor y ese cansancio abrumador podía ser (en realidad tenía casi la certeza) el tan temido mal de altura. Una pésima noticia para terminar el día.

 

Me desperté con la cabeza a punto de estallar. Era evidente que la subida brusca y en condiciones de gran esfuerzo había producido los efectos acostumbrados y de los que me creía, inexplicablemente, a salvo. Igualmente me levanté y di unas vueltas por el pueblo, que tiene pequeñas dimensiones y es bastante lindo. Dudaba entre quedarme o seguir. El físico me pedía descanso, pero había razones económicas de peso para seguir. Tenía el equivalente de diez dólares en pesos chilenos y otro tanto en bolivianos. El resto era en cheques de viajero, y era imposible cambiarlos en el lugar y, con toda seguridad, en lo que quedaba del camino. El alojamiento en Putre no era demasiado barato, y por lo que pude averiguar, en el Parque Nacional Lauca, aprovechando las circunstancias, la CONAF (Corporación Nacional Forestal, el organismo chileno encargado de administrar, entre otras cosas, los parques naturales y reservas) cobraba en oro los lugares para acampar y refugios. Llegando el mediodía, la situación había mejorado en apariencia. Me sentía bien y, en una de las decisiones aventuradas y poco prudentes que me caracterizan, decidí seguir.

 

El error de la decisión fue evidente a los pocos minutos. La bajada que el día anterior festejaba, era ahora una subida de las buenas. Cuando terminaron esos dos kilómetros iniciales apareció la esperada bajada. Sólo que, posiblemente como uno de los efectos secundarios del soroche, mis reflejos no estaban en su mejor momento. Tomé velocidad rápida e imprudentemente, encontrándome con una sucesión de curvas cerradas y veloces. Doblé una, doblé la siguiente, la tercera ya la estaba haciendo muy abierta y con la carga no pude tomar la inclinación necesaria para hacer la cuarta. Mordí el ripio del costado y se hizo inevitable el porrazo, primero del viaje. Pensando que en la subida el casco era una molestia, estaba con la cabeza descubierta, error del que me di cuenta demasiado tarde, cuando ya estaba volando hacia la ladera de la montaña, catapultado por los pedales de los que no tuve tiempo de desprenderme. Por lo tanto, caí tratando de mantener la cabeza levantada, y de alguna forma lo logré. La caída podría haber sido, de todos modos, bastante peor, y por suerte fue hacia la montaña y no hacia el precipicio.

 

Me levanté bastante maltrecho y confuso, lleno de polvo y tocándome para ver si no me había roto ningún hueso. Estaba bien, sin embargo, y salvo unos lindos agujeros en la rodilla derecha y raspaduras generalizadas, no tenía nada. La bicicleta también salió bastante bien librada. La única avería era el descentrado de la rueda delantera, cosa que reparé en el momento, por lo menos como para que la rueda girase sin problemas. Me volví a subir a la bici y anduve los pocos metros que me quedaban para la ruta. Vi un vehículo militar y les pedí agua para lavarme. Me la dieron y se ofrecieron para llevarme al hospital, pero rechacé la opción, sólo tenía el susto y los raspones. Me hicieron la acostumbrada advertencia acerca de la altura, ya algo obvia teniendo en cuenta las circunstancias.

 

De vuelta pedaleando, otra vez subiendo, viendo Putre desde arriba, hasta que desapareció en las montañas. Pensé que era imposible, pero la pendiente era aún más dura que la del día anterior, cada pedaleada era un esfuerzo supremo, y el final estaba lejos. El dolor de cabeza volvió por sus fueros, y cada vez más fuerte. La puna se hacía notar. Era necesario más aire para realizar cada movimiento y aquel umbral en que la respiración se convierte en jadeo se alcanzaba más rápido y más fácil. Los latidos empezaban a rebotar contra las paredes del cráneo y la presión sobre los ojos se volvió insoportable. Las paradas se hicieron más frecuentes, mientras avanzaba lentamente por un paisaje extraordinario, rocoso y rodeado de piedras de formas estrafalarias.

 

Culminando una cuesta de las más sufridas, encontré un gigantesco regimiento del Ejército chileno, demostrando que la frontera con Bolivia no era una utopía lejana. “En lo alto los mejores”, decía una inscripción sobre el muro del cuartel, insinuando que los bolivianos son los peores, o por lo menos que no son tan buenos soldados como los chilenos, que creen haberlo demostrado con la paliza que les dieron hace más de un siglo, cuando dejaron al país del altiplano sin su salida al mar. Guerra injusta y al servicio de los intereses, como siempre, de las potencias del ahora llamado primer mundo, y que condenó a Bolivia a una posición de país mediterráneo y aislado en el corazón de Sudamérica. Le pregunté a un soldado cuánto faltaba para la entrada al Parque Nacional, con la esperanza de que me diera una respuesta del estilo “ahicito nomás”. Para mi decepción, el milico fue desgraciadamente preciso, confirmando mis temores peores: la entrada estaba más o menos cerca pero era sólo un cartel. Debía hacer unos cuantos kilómetros de sanguinaria subida para llegar al puesto de los guardaparques.

 

Finalmente llegué a la puerta del Parque. Un hermoso cartel en medio de la desolación anunciaba el comienzo del territorio protegido. Con la cabeza a punto de estallar en fuegos artificiales, hice un mini-campamento e improvisé un almuerzo frugal. La tortura siguió, siempre en dirección al cielo, más celeste que nunca. Por lo menos el paisaje se iba convirtiendo crecientemente en algo fantástico, la carretera discurriendo entre desfiladeros angostos y recortados. Cada tanto una suerte de espacio abierto hacía un hueco entre las formaciones rocosas y aparecían, para alegrar un poco la escena, las alpacas y las vicuñas, con su andar parsimonioso y mordisqueando los pastos duros que tienen la capacidad de crecer y sobrevivir en esas alturas.

 

El sol empezaba a bajar y ya estaba pidiendo un armisticio cuando veo aparecer una cabaña con la bandera de Chile en lo alto. “Guardería CONAF” decía el correspondiente cartel, que me dio una de las alegrías más grandes y esperadas. Coloqué mi bicicleta junto al letrero y descendí al mejor estilo astronauta, dando pasos cansados. El guardaparques no estaba muy entusiasmado por dar señales de vida y, cuando lo hizo, sus lacónicas respuestas me dieron trabajosamente las informaciones que necesitaba. Podía armar la carpa por ahí pero había que pagar onerosos 5500 pesos chilenos (más de 10 dólares), un precio que me pareció algo exagerado para hacer lo que pudiera haber hecho en cualquier parte del camino con las mismas comodidades y con el mismo viento helado, que no disminuía en absoluto por más que tuviera el ticket de la CONAF. Por fin, y en un gesto que lo enaltece, el guardaparques me aconsejó acampar en un mirador, a unos cinco kilómetros de ahí, siempre y cuando tuviera cuidado de que no me viera la camioneta del Parque, que hacía guardia a lo largo de la carretera. También condescendió en llenar mis caramañolas con agua potable y, despidiéndose con gran amabilidad, me dejó sólo con mis pensamientos, mi bicicleta, mi dolor de cabeza, y el viento cada vez más frío y fuerte del altiplano.

 

Me encontraba ahora a unos 4300 metros de altura sobre el nivel del mar, y me consolaba pensando que la selección de Passarella lo hizo mucho peor, y eso que estaban a 700 metros más abajo. Con un nuevo impulso retomé la ruta. Estaba sobre algo así como una meseta desértica, y si bien el terreno seguía subiendo, ya no era esa especie de escalera al cielo. Hermosa metáfora, pensaba, con el detalle que esta parecía ser una escalera algo empinada, como las de los bomberos, de esas que salen del techo del camión y la apoyan contra la pared del edificio. Pero ahora, por fin, parecía estar arriba, en una azotea aún algo inclinada y barrida por el viento gélido. Ya tenía puesto encima todo el abrigo, incluyendo los suplementos que convertían los pantalones cortos de ciclismo en largos, al mejor estilo Nureyev. A los tres kilómetros encontré una bajada que me hizo temblar de frío, especialmente en las piernas, que al no pedalear pierden temperatura rápidamente, y los dedos de las manos, no cubiertos por los guantes.

 

Al final del descenso y de un breve repecho compensatorio, encontré el ansiado mirador. Era una especie de monumento de lata, que semejaba un rallador de queso acostado con una aleta de tiburón encima. Una terraza de piedra con algunos bancos constituían la plataforma desde la que se podían observar los maravillosos volcanes nevados llamados los Payachatas. Más allá se advertía la perfecta figura del Parinacota, un gigante de 6300 metros de altura que domina la escena. Si bien el lugar no era un hotel de cinco estrellas, me pareció sumamente apropiado para pasar la noche, que se anunciaba fría, unos cinco o diez grados bajo cero, según habían anunciado los optimistas pobladores de la región.

 

El balance del día era poco alentador. Había demorado más de cuatro horas para hacer escasos 30 kilómetros. El promedio de velocidad era de 7,5 kilómetros por hora. Había subido de 3500 a 4350 metros de altitud sobre el nivel del mar. Estaba en condiciones físicas lamentables, con un dolor de cabeza realmente agudo y me había caído y despellejado brazos y piernas. Pero seguía en camino.

 

Armé la carpa abajo del rallador metálico, que me daba una precaria cobertura contra las ráfagas cada vez más poderosas. Tuve que asegurar los vientos con piedras porque el suelo petrificado no permitía hacer un armado perfecto, confiando en que la virgen de Poconchile me ayudase y evitara la catastrófica voladura de mi vivienda. Entre tinieblas me metí en la carpa y sentí como de a poco el mundo descendía sobre mi agotada humanidad.

 

Pasé una noche de perros, entre dormido y despierto, hasta que volví a la conciencia acicateado por un dolor de cabeza formidable, de esos que parecen una perforadora de pozos petrolíferos accionando sobre el suelo congelado del escudo patagónico. Además de eso, sentía como el estómago pugnaba por salir a dar un paseo, a contrapelo de lo hostil del clima del altiplano. Estuve tratando de mantener ese equilibrio, a pesar de estar acostado y sin animarme a mover ni un dedo meñique, hasta que en un imprudente impulso intenté asomarme por la puerta de la carpa. No vamos a abundar en descripciones sobre el malestar de todo tipo y pelaje que me mantuvo clavado en mi carpa por el resto del día. Podemos decir que me abandonó de golpe toda idea de heroicidad y gesta épica que podría haber rondado por mi cabeza hasta ese momento. Hecho un despojo, sólo esperaba el momento de volver a ser yo. Inmovilizado en la carpa toda la mañana, intenté hacer un par de salidas, que acabaron en lamentables fracasos, dando pasos de zombi ante la risa de los volcanes gemelos. De a poquito, me animé a tomar unos tragos de agua, después a mordisquear una manzana y unas galletitas, tomarme una aspirina, y así fui volviendo a la vida. Como anoté en mi diario de viaje “recuperada el hambre, recuperada la vida”. Otra vez era el intrépido aventurero subiendo la cordillera hasta su punto más alto. Un poco maltrecho, pero a cualquiera le pasa. Como a las seis de la tarde me animé inclusive a llegar hasta el borde de la ruta y parar un camión para pedirle agua. De nuevo era agua de Santa Cruz de la Sierra, y me pareció la mejor que nunca probé. Cociné unos fideos que comí en cómodas cuotas, y me volví a refugiar en mi carpa, esperando confiado el nuevo día.

 

Amanecí con el cerebro partido en diez nuevamente. Arcadas victoriosamente resistidas intentaron impedir mi salida de la carpa. Una camioneta de turistas me encontró mirando desafiante a los volcanes gemelos, firmemente agarrado a los asientos del mirador. El guía me dio algo de pan, un yogur y algunas hojas de coca, que a esta altura de los acontecimientos poco podían ayudar. Empecé con tranquilidad pasmosa a desarmar el campamento. Acomodé con cuidado todos los bagajes en la bicicleta. Unos carabineros que pasaron me confirmaron que la lucecita que veía poco más adelante desde hacía dos noches era un puesto de su fuerza, y me ofrecieron algo contra el dolor de cabeza si llegaba hasta allá.

 

Empujé la bicicleta hasta la carretera y dudé. Miré la ruta que bajaba hasta la lejana mancha blanca que era el cuartel de los “pacos”, me subí y, casi sin pensarlo me largué. Al principio con prudencia, sin saber si me podía sostener arriba de una máquina de dos ruedas cargada hasta más no poder. Después de todo, todavía me mareaba al caminar, y caerse de la bici en ese estado no era una hipótesis loca. Pero evidentemente, ya estaba más adaptado a estar sobre una bicicleta que sobre los dos pies. Bajé, pedaleando sólo cuando hacía falta un pequeño impulso.

 

-Llegamos antes que ti, argentino- fue el cordial saludo de los dos “pacos” que había visto antes. Me invitaron a pasar al retén, donde pude observar mi espantoso aspecto en un espejo, lavarme un poco y tomar un medicamento que poco pudo hacer contra el dolor de cabeza que todavía me aquejaba.

 

Recostado contra la pared del destacamento, intenté tomar fuerzas para seguir, y tratar de llegar hasta el refugio del lago Chungará. No pude creer lo que veía cuando apareció un jeep de la televisión de Arica, se paró frente a mí y descendió una visión, un espejismo en forma de una rubia muy diferente de aquellas vicuñas que estaba viendo desde hacía unos días como únicos seres femeninos de este lugar. El asombro llegó a niveles insuperables cuando la aparición se dirigió hacia mí, sacudiendo la melena amarilla y apuntándome con un implemento que resultó ser un micrófono.

 

-¿Te puedo hacer una entrevista?- la ilusión óptica me estaba hablando, y sólo atiné a asentir. Recuperé el habla y le dije que había elegido el peor momento posible para difundir mi imagen y mi causa por la TV, pero no pareció importarle demasiado. Me hizo cuatro o cinco preguntas, las habituales, que contesté con el piloto automático.

 

-¿Estoy bien así?- preguntó mientras trataba de acomodarse el pelo sacudido por el viento impúdico del altiplano. Desconecté el piloto automático para decirle algo que no se animó a salir de mis labios.

 

La musa se fue, mientras reflexionaba sobre lo extraño de la situación. Un loco en bicicleta a 4400 metros de altura, en condiciones deplorables y aferrado a un muro de un destacamento de carabineros, hablando del bloqueo contra Cuba, entrevistado por una rubia que bien podría haber bajado de una nave espacial. Pero el resultado de todo fue que mientras el jeep se llevaba a la valkiria chilena, tomé fuerzas para encarar la nueva subida que me esperaba para llegar al pequeño poblado aymará de Chucuyo. Ahí paré y en una especie de bar tomé un té de chachacoma, una planta de la región que recomiendan contra el mal de altura. Por las dudas, lo reforcé con unas aspirinas, demostrando mi gran confianza antropológica en la medicina tradicional.

 

Cada vez más alto y, por lo tanto más frío, a pesar de que el sol brillaba en todo su esplendor, pero sin ser suficiente para calentar el ambiente. Sin embargo, y a pesar de estar todavía débil, el paisaje compensaba todo. Montañas de formas clásicas, perfectas, con manchas de sal entre ellas, y cientos de camélidos –alpacas y vicuñas en su mayoría, algunas llamas- pastando en los claros. Sin embargo, había ambiente de catástrofe ecológica, a causa de un camión boliviano que había volcado con su carga de petróleo en las cercanías de Chucuyo, provocando la muerte de gran cantidad de ganado y saturando la tierra de combustible. Pasé por el costado del derrame donde gran cantidad de hombres trabajaban en la limpieza. Más adelante, las espectaculares lagunas de Cotacotani volvieron la naturaleza a toda su grandiosidad.

 

El terreno ya no era la pendiente escabrosa y torturante, a pesar de seguir subiendo, pero ya alternando la subida con algunas bajadas salvadoras. El volcán Parinacota ya era el señor que dominaba la escena, y el célebre lago Chungará, catalogado como el más alto del mundo (4500 metros) empezaba a asomar su azul profundo entre los huecos de las montañas. Y por fin apareció tras una curva, y con él, la certeza de que el día estaba por llegar a su fin. Aunque todavía el cuerpo protestaba, estaba de nuevo en camino, habiendo superado lo más difícil, tanto en lo que se refiere al camino como al malestar que me tuvo a mal traer.

 

Bordeando el Chungará, guiado por la majestuosidad del Parinacota, pedaleando a 4500 metros de altura, fui llegando al tan esperado refugio de la CONAF. Un guardaparques aymará me recibió, me abrió la puerta del refugio y se despidió, dejándome solo en un refugio de madera con varias camas. Un ventanal impresionante dejaba ver los pastizales verdes y los manchones de tundra, mientras decenas de alpacas se alimentaban mansamente, a escasos metros del refugio. El frío se hacía cada vez más intenso. Me puse todo lo que tenía y el dolor de cabeza empezó a retornar. Cociné mi cena más un té caliente para poner algo de temperatura al cuerpo. Me dormí bajo una pila de frazadas.

 

El aymará estaba de vuelta bien temprano. Me cobró impiadosamente los diez dólares que la CONAF estipula (acampar costaba lo mismo que el refugio, curiosamente), que tuve que pagar con los pesos chilenos que me quedaban y completar con algunos bolivianos. El frío era terrible, pero a las alpacas, con cara de nada, no parecía importarle. Empezaron a aparecer turistas, y conversé con algunos que no podían creer que hubiera llegado hasta ahí en bicicleta. No me atreví a confesar que yo tampoco.

 

Me animé y volví a la ruta. El terreno, a pesar de la altura, alternaba las subidas con las bajadas, bordeaba el lago y volvía a subir. Unos cinco kilómetros de subida moderada y, ya en el reseco altiplano de vuelta, apareció por fin el puesto fronterizo de los chilenos. Algunas casas rodeaban la polvorienta aduana, y vi con asombro una bicicleta cargada apoyada contra una pared. Entré al barcito y encontré a un ciclista inglés de unos cuarenta y cinco años, que venía en sentido contrario, desde Bolivia. Conversamos largo rato, intercambiando información sobre la ruta y anécdotas, mientras comíamos unos suculentos sándwichs de carne de alpaca. El inglés se quejaba del viento del altiplano, y yo de la subida. Cambiamos los mapas que ya no íbamos a usar ninguno de los dos, y cada uno siguió su camino, dos bicicletas con su carga pesada y andar vacilante entre el viento, el polvo y el sol frío de la altura.

No tuve dificultad en los trámites fronterizos, y con el sello de salida de Chile, un mes y medio después de haber entrado por otro paso de la misma cordillera, salí hacia el punto fronterizo, nueve kilómetros más adelante. Había que seguir subiendo, pero no era mucho, menos de 150 metros de desnivel distribuidos en una buena distancia. El paisaje era más seco y desolado que nunca.

 

Por fin, 193 kilómetros y cinco días después de salir de la ciudad costera de Arica, llegué a Tambo Quemado, la frontera Chile - Bolivia. Azotaba el viento que levantaba enormes cantidades de polvo, mientras algunos camiones bolivianos cargaban y descargaban gente a metros de la carretera. Un enorme cartel anunciaba el “Km. 0” de la República de Bolivia.

 

Estaba a 4680 metros de altura sobre el nivel del mar. Era el punto más alto que iba a tocar en todo el viaje y, a pesar de todo, lo había conseguido. Cinco minutos después estaba dando las primeras pedaleadas por el cuarto país de mi Gira Latinoamericana de Solidaridad.

 

 

La dura cuesta del Valle de

Lluta, rumbo a la frontera boliviana.

 

 

Frente al Volcán Parinacota, a más

de 4500 m.s.n.m.

 

Alpacas pastando, salinas y volcanes

en el Parque Nacional Lauca (Chile)

 

El paso de Tambo Quemado, a 4670 m.s.n.m., frontera entre Chile y Bolivia