Aventuras en bicicleta

En bicicleta por el Noroeste (2): el Acay y los Valles Calchaquíes

Por Andrés Ruggeri  andres@infobiker.com.ar

 

SÍNTESIS: Viaje realizado en enero de 1997 por las provincias de Jujuy, Salta, Tucumán y Catamarca, recorriendo 1500 km. y atravesando la Quebrada de Humahuaca, la Cuesta de Azul Pampa, la Puna de Atacama, el Abra del Acay y los Valles Calchaquíes.

 

 

Recorrido

San Salvador de Jujuy a Londres, Catamarca

 

Distancia

 1479 km.

 

Puntos sobresalientes

del trayecto

Quebrada de Humahuaca, Cuesta de Azul Pampa, Puna de Atacama, Salinas Grandes, Abra del Acay, Valles Calchaquíes, Campo del Arenal.

 

Fecha

4/1 a 8/2 de 1997

 

Bicicleta

Bianchi Ocelot, 21 vel. con Shimano Acera X, horquilla rígida

    Participantes Andrés Ruggeri

 

FRÍO, NIEVE y POCO OXIGENO: EN BICI A CASI 5000 METROS.

El Abra del Acay tiene la fama de ser el paso rutero más alto de América. Aunque no lo es, sí se trata de uno de los más altos del continente y es un objetivo de primer nivel para cualquier ciclista viajero. Se trata, por supuesto, de una de las partes más escabrosas de la ruta nacional 40 y el tráfico que la atraviesa es prácticamente nulo. Además, el estado de la ruta es variable, aunque la generalidad es que merece la calificación de intransitable. En verano, las lluvias dificultan el paso de los vehículos cortando la ruta en varios puntos y, en invierno, el intenso frío y las nevadas hacen su paso bastante complicado.

La carretera sigue el trazado del antiguo camino incaico y preincaico, que unía la Puna y el altiplano hoy boliviano con los Valles Calchaquíes, para lo cual se deben superar las altas montañas que los separan. La red vial prehispánica realizaba ese cruce por dos vías: pasando por Tastil y rodeando el Monte Acay (de 5900 m.) por el Este, por el Abra de Ingañán (camino que realicé un año antes, pero a pie) a 4400 metros de altura, o por el Oeste, por el mismo Abra del Acay, a 4900 metros sobre el nivel del mar. Este último trazado sigue la actual ruta 40, la misma que recorrieron las expediciones de los conquistadores Almagro y Matienzo, hace ya largos 450 años.

Una mañana fría y nublada partí de la poco hospitalaria ciudad de San Antonio de los Cobres, encarando una subida empinada e interminable, un preludio de lo que serían largos 52 kilómetros de ascenso, desde los 3775 metros de San Antonio hasta los 4895 del Abra del Acay. El primer percance fue cuando
después de una hora de cuesta me percaté de que había perdido las tres cubiertas de repuesto y dos botellas de agua que llevaba atadas en la parte trasera del equipaje. El resultado fue desandar el camino casi hasta la ciudad para recuperarlas, con magros resultados. Sólo encontré la cubierta de montaña que había comprado en Villazón (la frontera boliviana) y las botellas de agua, perdiendo dos preciosos neumáticos Hutchinson de asfalto. Además de lo molesto que resultó tener que volver a subir y perder otra hora en llegar al lugar anterior. Así, bastante más tarde de lo previsto, llegué al cruce con la ruta 51 y empecé a avanzar por la 40, teniendo como horizonte el Nevado de Acay, cubierto de oscuras y amenazantes nubes.

A partir de este momento empezó la verdadera Cuesta del Acay, una interminable subida por un camino de ripio a través de un paisaje árido y desolador. Una larga recta me llevó hasta los 4000 metros de altura. Un incidente increíble pero que demuestra las condiciones de extrema dureza de la zona para sus escasos pobladores tuvo lugar cuando llegué a la primera y rústica casa de piedra que encontré en esta etapa. Un hombre venía caminando en mi dirección y, como no podía desaprovechar la oportunidad al encontrar un transeúnte, paré para preguntarle acerca del camino. Pero antes de que abriera la boca me preguntó si no había visto a un caminante hacia San Antonio. "Ah, entonces se murió", dijo ante mi respuesta negativa. No pude menos que preguntarle el por qué de la insólita opción entre caminar o morir. Me contó entonces que la noche anterior su amigo no se sentía bien y, para curarse, tomó un litro de alcohol fino, lo cual no hizo más que llevarlo al borde de la muerte, con vómitos de sangre y otras complicaciones. Por eso esa misma mañana se había dirigido al hospital más cercano, en la ciudad, a una distancia de 30 kilómetros, a pie. Es más, el mismo hombre que me contaba esto, había bebido una cantidad más moderada de alcohol (medio litro) y se dirigió a su casa doblado en dos. Ahora, recuperado milagrosamente, iba tras su compañero, sin muchas esperanzas por lo visto.

Atónito por lo que había escuchado seguí mi trabajoso pedaleo. El cielo se había nublado y empezaba a lloviznar cuando llegué a otra casa de pastores en la que pude refugiarme por el momento y donde me informaron que había sólo una casa más, antes de llegar a la gran subida del Acay. Según ellos, me convenía quedarme allí porque las condiciones climáticas arriba eran seguramente pésimas. Cuando reanudé camino pinché y, a los pocos metros, volví a hacerlo, por lo que decidí cambiar cubierta y colocar la que, por suerte, había logrado salvar del descalabro de la mañana.

Finalmente llegué al paraje Boca de la Quebrada, donde pasé la noche. Armé la carpa bajo un viento furibundo al lado de la pequeña casa de piedra que habitaba la única pobladora, una amable señora de edad indefinible que vivía del pastoreo de ovejas, cabras y llamas. Es un espectáculo imperdible ver los rebaños deambulando por los cerros cercanos, guiados por los perros ovejeros y controlados por esta pastora que, siguiendo las costumbres ancestrales, los va conduciendo con gritos y cánticos. No sólo me dejó acampar sino que también me recibió, y me despidió a la mañana siguiente, con mate cocido y tortas caseras. Bastante cansado y soportando un viento y un frío cada vez mayores, me dispuse a esperar el nuevo día, que preveía difícil.

Cien metros después de dejar la casa de la anciana, apareció la primera de una serie interminable de curvas y contracurvas, a la que siguió el comienzo de la verdadera subida, esa que obliga a graduar hasta la más mínima gota de oxígeno y reducir el ritmo de pedaleo casi al de paso de hombre. Trabajosamente, fui ascendiendo e internándome en un paisaje sobrecogedor de montañas y precipicios, cada vez más alto. Dos o tres grupos de guanacos atravesaron al galope el valle que la ruta iba bordeando como un caracol. A medida que subía, la ruta iba empeorando, hasta convertirse en casi intransitable. Cuando paré para comer, apareció el detalle que faltaba, la nieve. Poco a poco todo quedó cubierto. Cuando reanudé el ascenso la ruta era impracticable, convertida en una mezcla de barro, nieve y piedras. Hubo que bajarse y caminar. En las últimas curvas, la nieve fue reemplazada por una neblina que no dejaba ver a dos metros por delante. El cadáver de un burro y la clásica apacheta incaica anunciaron el final de la subida. Por fin había llegado a la famosa Abra del Acay, donde un cartel señalaba los durísimos 4895 metros sobre el nivel del mar, cuatro horas después de la partida desde la casa de la anciana en Boca de la Quebrada.

El largamente esperado descenso no fue la fácil y descansada bajada que me había imaginado. Más bien fue una tensa y dura travesía al borde del abismo, en que mantener el control de una bicicleta cargada con gran peso sobre una superficie barrosa y con piedras de todos los tipos, formas y tamaños era una tarea que exigía mucha concentración y energía. Los permanentes saltos provocados por las piedras hicieron desaparecer uno de los tornillos del portaequipajes trasero, y las curvas eran tan frecuentes que no se podía levantar velocidad sin grandes riesgos de seguir de largo y caer 500 o 700 metros.

La lluvia, que se hizo más persistente a medida que descendía, y los reiterados cruces de torrentes, arroyos y ríos, especialmente el Calchaquí, cuyo nacimiento y crecimiento va siguiendo la ruta 40, terminaron por hacer agotador este tramo. La Ruta Nacional 40 se volvió intransitable cuando su traza se fusionó con un río, por unos 300 metros, o en un barrial, más adelante. Finalmente, agotado y empapado, llegué junto con dos ciclistas salteños que encontré unos kilómetros antes a la minúscula población de El Saladillo, donde nos hospedaron en una casa y pudimos descansar. Finalizó así un día muy difícil, con la satisfacción de haber podido cruzar los casi 5000 metros del Acay.

LOS VALLES CALCHAQUÍES

Al día siguiente, ya con un sol reparador, seguimos camino hacia el sur. La ruta no era demasiado dificultosa, pero las lluvias habían dejado una secuela de ríos desbordados y lodo al por mayor, que hicieron los 40 kilómetros restantes hasta la ciudad de La Poma bastante pesados. En esa población de 3000 habitantes pude por fin extraer los kilos de barro que llevaba encima de la bicicleta. Al otro día el terreno ya estaba más firme y disfrutamos de un paisaje espectacular. La ruta ya era una ruta y, aunque los cruces de ríos, con su rutina de descalzarse, buscar el mejor lugar para pasar y congelarse los pies, siguieron siendo la constante, llegamos al pueblo turístico de Cachi, 55 kilómetros después. En Cachi, luego de separarme de los salteños, veteranos ciclistas de 50 años, decidí darme un merecido descanso de tres días.

Por viajes anteriores de mochilero, conocía ya bastante la región de los Valles Calchaquíes, por lo que decidí hacerla sin demasiadas paradas. Hice un primer tramo hasta el pueblo de Molinos, que alguna vez fuera la capital de la Salta realista en épocas de la Revolución de Mayo, donde volví a pinchar. Ahí me encontré con cuatro ciclistas tucumanas. Con ellas recorrí al día siguiente el tramo hasta Angastaco, lindo poblado del Valle, por un camino sinuoso y en pésimo estado. En Angastaco almorcé y seguí, separándome de las chicas que decidieron no pedalear más por ese día. Me interné así en uno de los lugares más hermosos del NOA, la Quebrada de las Flechas, un fantástico paisaje lunar en que la ruta transcurre serpenteante entre montañas quebradas e impresionantes. Disfrutando cada curva fui atravesando uno tras otro los minúsculos pueblos que jalonan esta parte de los valles Calchaquíes, hasta que se hizo de noche. Dormí en una de las casas de adobe que hay sobre la ruta, gracias a la hospitalidad de los puesteros, después de 80 kilómetros bastante descansados.

Al otro día, 27 de enero, llegué a San Carlos, uno de los pueblos más antiguos de la provincia de Salta, donde me quedé unas horas. Apareció el preciado asfalto, subiendo notablemente el promedio de velocidad y, por lo tanto, la distancia posible de recorrer en cada jornada. Atravesé una tierra de viñedos y cultivos hasta llegar a Cafayate, demasiado turística para lo que venia acostumbrado. Seguí, aprovechando el pavimento, hasta Colalao del Valle, donde después de 100 kilómetros y a una altura de “sólo” 1700 metros armé la carpa en los fondos del hotel del pueblo.

Saliendo de Colalao, bajo un fuerte sol, volví a la rutina del ripio, poceado, arenoso y desparejo. Recorrí las ruinas del asentamiento de los indios Quilmes, última resistencia indígena al conquistador español en la zona, que luego de más de cien años fueron vencidos y deportados a lo que hoy es el municipio bonaerense del mismo nombre. Allí los sobrevivientes arrastraron una vida de penurias y humillación hasta su desaparición total. Las ruinas de su ciudadela impresionan por la visión y dominio del valle bajo sus pies, lo que explica bastante de su capacidad de resistencia militar. Diez kilómetros más bajo un fuerte sol, el peor que sufrí en todo el viaje, siempre por la 40, y llegué al límite entre las provincias de Tucumán y Catamarca. Allí, en el pueblo de Fuerte Quemado, visité otras ruinas indígenas y volví a pinchar. Finalmente, en diez kilómetros más, muy áridos, llegué a la ciudad de Santa María.

RÍOS TORRENTOSOS Y DESIERTOS EN CATAMARCA:

En Santa María reparé algunos desperfectos en la rueda trasera, con la ayuda de la bicicletería local, donde me dieron una mano y valiosos informes sobre el camino hacia el interior de la provincia. Habían encontrado la extraña veta comercial de pintar las cubiertas de MTB con chillones colores, de Boca, River, Rácing o a gusto del cliente.

Después de un día en Santa María, continué mi viaje hacia la ciudad de Belén. La etapa que me esperaba tranquila resultó complicada, más que nada por mi empeño en salir a todo costa, a pesar de la lluvia que caía desde la noche anterior. A eso de la una, viendo que la lluvia había parado, decidí salir igual, error del que me arrepentiría largamente.

Los primeros kilómetros hasta el pueblo de San José fueron soportables a pesar de la lluvia. El primer río desbordado, apenas saliendo del poblado, con sus cien metros de ancho, tendría que haberme servido de aviso. Cuando se acabó el asfalto y empezó el barro me anticiparon que uno de los ríos que había más adelante, el Ampajanco, no lo iba a poder cruzar. Seguí de todos modos, hasta el pueblito El Desmonte, tres kilómetros antes del cruce de ese río. Después de secarme un poco, decidí seguir y ver con mis ojos si era tal cual me lo pintaban. No me impresionó demasiado. Era verdad que la corriente, barrosa a más no poder, venía muy fuerte, pero no parecía tener gran profundidad, aunque el segundo brazo no se veía muy bien donde estaba. Me descalcé y, empujando la bicicleta, logré cruzar sin problemas ese primer brazo. El segundo era otra cosa. Como no podía levantar la bicicleta, tuve que desarmar el equipaje y cruzar la bici en tres veces, lo que significa que tuve que hacer seis cruces del río. En el primero, con las alforjas a cuestas, las piedras que arrastraba el torrente me golpearon con tal fuerza en los pies que me los hicieron sangrar. Para los otros me puse las botas abandonando toda pretensión de que no se mojasen. Una piedra de cerca de 30 centímetros de diámetro que arrastraba el río a toda velocidad no me quebró las tibias por escaso margen. Con gran esfuerzo logré evitar que la corriente me tire y arrastre y llegué a la margen opuesta. Volví a armar la bicicleta pero la alegría me duró poco: cien metros después estaba el tercer brazo, con una larga fila de camiones y autos esperando para pasar del otro lado. Parecía menos correntosa que la anterior, pero un intento fallido de cruzar arrastrando la bicicleta, en el cual casi la pierdo, me convenció de lo contrario. Otra vez a desarmar, pero esta vez no sería tan fácil.

A esa altura ya constituía el entretenimiento gratuito de la larga fila de automovilistas y camioneros que, varados desde hacía horas, esperaban pacientemente para cruzar. En el primer intento, la corriente logró tirarme y me fui al agua con las alforjas, aunque no me mojé la parte superior del cuerpo por el impermeable plástico que llevaba. Casi arrastrándome llegué a la orilla opuesta. Volví a cruzar y me calcé la mochila que llevaba doblada en el portaequipajes trasero, cargándola con todas las cosas que quedaban sueltas al desarmar la bicicleta y el resto del equipaje. Crucé por otro lado y me volvió a arrastrar la corriente. Llegué como pude al otro lado mientras los camioneros me iban guiando a los gritos, incrédulos tal vez de mi empecinamiento casi suicida. Agotado y empapado, esperé un rato mientras algunos camiones intentaban cruzar, quizá alentados por mi ejemplo. Finalmente logré pasar la bicicleta. Había demorado dos horas en atravesar ese terrible río Ampajanco, que nunca antes había oído nombrar, pero del que seguramente no me voy a olvidar jamás.

Pero no había terminado la jornada aún. Había oscurecido y faltaban diez kilómetros para el pueblo Punta de Balasto. La ruta estaba totalmente embarrada y cada tanto la atravesaban vacas y caballos que, en la noche cerrada, los veía recién cuando los tenía encima, o cuando escuchaba sus resoplidos y sentía su aliento. Para colmo, se agotaron las pilas del foco delantero, que tuve que cambiar como pude alumbrándome con el destellador trasero. Por fin, en un estado más que lamentable, entré al diminuto villorrio donde, gracias a la hospitalidad de la familia de la primera casa iluminada que encontré, pude bañarme, comer y dormir.

Al otro día, después de secar al sol (que, por contraste, era ahora insoportable) la mayor parte de mis pertenencias, seguí viaje. Esta vez, en vez de tener que cruzar ríos torrentosos y desbordados bajo la lluvia, tuve que atravesar 80 kilómetros de desierto, el llamado Campo del Arenal. Ninguna construcción, salvo un santuario de la Virgen del Valle, había en el curso de esos largos y aburridos kilómetros, que terminaron en una población de cerca de diez casas, llamada Los Nacimientos.  

Se suponía que la siguiente jornada iba a ser más llevadera, ya que era todo en bajada, según decía la gente. Sin embargo, todo empezó mal, pues hice una hora y media de subida hasta que un camionero me avisó que iba por un camino equivocado, que llevaba a la mina Bajo La Alumbrera. Algún bromista había dado vuelta el cartel indicador de la ruta, como en los dibujos animados, con la desgracia de que el engañado fui yo. Además, debí soportar todo el día unos preocupantes dolores de rodilla, lo que no era desdeñable, siendo este el primer viaje serio que hacía después de mi lesión. Tuve que desandar ese camino, a toda velocidad, perdiendo casi toda la mañana en la broma.

El día había empezado mal, y así siguió, cuando descubrí que se había trabado la cámara fotográfica, perdiendo unas cuantas fotos al repararla. Luego de descansar en Hualfín y de una subida terrible pero corta, tuve el único golpe de suerte del día, cuando crucé un río totalmente desbordado sobre una pala mecánica. Me sentí por un momento como un rajá de la India a lomos de un elefante, mientras me compadecía de un par de automovilistas cuyos vehículos habían quedado tapados por el agua hasta el techo. Después tuve que cruzar un par de ríos más, bastante fáciles comparados con lo de un par de días antes, recorrer cerca de 20 kilómetros en terreno arenoso y, cuando estaba tratando de llegar a algún pueblo antes de que oscureciese y para completar la jornada, pinché. Finalmente llegué a un pueblo perdido, con el acogedor nombre de La Ciénaga (después hicieron una película ambientada allí), donde acampé.

La ansiada ciudad de Belén llegó al otro día, después de 15 kilómetros de bajada por la espectacular quebrada del mismo nombre. Aunque todavía no lo sabía ese iba a ser prácticamente el final del viaje. Después de un día y medio de descanso en Belén, al lado de una familia de gordos cordobeses que me habían adoptado y dilapidaban comida a los cuatro puntos cardinales (y en todos ellos estaba yo), hice unos breves 15 kilómetros hasta el histórico pueblo de Londres, llamado así por los españoles fundadores en un brevísimo período de alianza con la corona inglesa. Cerca, se levantan las espectaculares ruinas incaicas de El Shinkal, prácticamente desconocidas pero con poco que envidiarle a otra más famosas, sobre todo por el medio natural en que se hallan, casi selvático y montañoso. Acampé en las cercanías en un cámping muy lindo y me agarró una lluvia interminable. A los dos días de lluvia me había pescado una angina estilo terminator y decidí dar por terminado el viaje, porque ya disponía de muy limitado tiempo y la recuperación no iba a ser instantánea.

Así finalizó un recorrido exigente, a través de lugares y momentos irrepetibles.

Mi bicicleta, una vieja Bianchi de 21 velocidades y cuadro de cromoly, y mis piernas, que habían encontrado una buena forma en estas pedaleadas, me habían llevado desde los 1200 metros iniciales de Jujuy, la altura más baja de todo el recorrido, hasta los 4895 del Abra del Acay. Aunque muchos ciclistas crean que sin elementos de máxima tecnología no se pueden realizar este tipo de travesías, usé los viejos cambios a fricción, es decir manuales, sin el sistema indexado que lleva la cadena de corona en corona con un simple toque a los shifters. Tampoco disponía de suspensión y la carpa era una canadiense para dos personas, que más de una vez se me desplomó mientras dormía. De esa manera atravesé las provincias de Jujuy, Salta, Tucumán y Catamarca, con cerca de 1500 kilómetros en casi cuarenta días de viaje, de los cuales 28 fueron de pedaleo. Y, lo más importante, me demostré a mi mismo que había superado la lesión que me había tenido parado un año y que estaba en condiciones de acometer viajes más largos y exigentes.

 

 

 

Cambiando cubiertas en la cuesta del Acay.

 

 

Campamento en Boca de la Quebrada.

 

 

Nieve en el Acay.

        

Cerca de la cima.

En el Abra del Acay, a 4895 m.s.n.m..

  

Atravesando la Quebrada de las Flechas, en los Valles Calchaquíes.

           

Preparando el cruce del furioso río Ampajanco (Catamarca).

  

Las fascinantes ruinas incaicas de Shinkal.