Aventuras en bicicleta

El desierto de los mosquitos

Por Andrés Ruggeri. andres@infobiker.com.ar

Fragmentos del Capítulo VI del libro "América en bicicleta".

 

SÍNTESIS: Trayecto de 400 km. entre las provincias de San Luis, San Juan y Mendoza, a través de una planicie árida y una zona desértica en el este de Mendoza, visitando el Parque Nacional Sierra de las Quijadas (San Luis).

 

Recorrido

Quines (San Luis) - Mendoza

 

Distancia

 401 km.

 

Puntos sobresalientes

del trayecto

Parque Nacional Sierras de las Quijadas, Desierto de Altos Limpios

 

Fecha

27/2 a 4/3 de 1998

 

Bicicleta

DBR Topanga (Shimano STX/ALivio, 21 v.)

 

Quines es una ciudad chica, una especie de preámbulo a la extensa zona árida que ocupa gran parte de las provincias de San Luis, San Juan y Mendoza, y que tendría que cruzar a continuación. Callecitas llenas de un barro atípico para la región, consecuencia de las repetidas lluvias provocadas por ese Niño que tanto me estaba molestando, casas bajas y una plaza que sirve para que los habitantes del pueblo den vueltas a su alrededor, en la clásica tournée pueblerina. No había donde acampar, y mis preguntas sobre el tema sólo encontraban una mirada sorprendida de los locales. Por último, y luego de insistir un poco, un hombre me dejó usar el patio de su casa.

 

 -No te doy una habitación porque hay unas chicas porteñas de visita, pero si no te importa, podés acampar acá - dijo mientras me mostraba una especie de baldío pedregoso, donde con un poco de trabajo pude despejar el espacio suficiente para armar la carpa. Un viejo Ford A ocupaba un rincón, dándole un toque algo singular al lugar.

 

Mientras armaba mi vivienda temporal, la familia empezó a aparecer, de a uno y disimuladamente, a ver la novedad. Hasta vinieron unos vecinos, guitarreros que luego se quedaron cantando y tomando vino hasta la madrugada con Horacio, el dueño de casa. También las “chicas” porteñas, que entre las dos sumaban una cantidad secular de años, con sus cabellos teñidos que no alcanzaban a ocultar las canas que asomaban sin disimulo. Sus comentarios eran impagables, en especial sobre la imposibilidad que, según ellas, existía en dormir en mi carpa, y ni hablar de viajar en bicicleta. Se sacaron una foto conmigo, la carpa y la bicicleta, para que sus amigas -otras “chicas” de La Paternal- les creyeran el cuento sobre el terrible loco que habían conocido, entre las risas y cargadas de los quinenses.

 

Encontré la goma trasera totalmente desinflada cuando me preparé para salir al otro día. Cambié la cámara bajo la mirada asombrada de “las chicas” y algunos otros miembros de la familia, y al poco tiempo me encontraba andando en una calurosa y solitaria ruta que se adentraba en las planicies semiáridas de Cuyo, en línea recta hacia el oeste, rumbo a Mendoza y, posteriormente, Chile. Pasé Luján, último pueblo antes de llegar a Encón, ya en la provincia de San Juan, a más de doscientos kilómetros más adelante.

 

El sol del mediodía era lo suficientemente fuerte para que la gorra de ciclista que tenía puesta alcanzara temperaturas de fundición, y el agua de las caramañolas sirviera como para cebar unos buenos mates. El cielo azul resplandeciente daba un buen contorno a una vegetación rala y arbustiva, salpicada por algunos árboles espinosos y bajos, en el que algunas aves se apoyaban. Los caranchos, numerosos y de aire siniestro, deambulaban por los costados de la ruta, cruzándose por ella ocasionalmente, arrastrando los pies como con vagancia, esperando hasta último momento para levantar vuelo cuando la molesta e invasora bicicleta se aproximaba. Y pasaban los minutos y las horas, nada variaba demasiado, ni daba muchos indicios de que la distancia recorrida me acercaba al punto en que mis cálculos determinaban que la etapa finalizaba. Ese lugar era un punto casi azaroso en el mapa, una estancia llamada “La Chañarienta”, de la cual no tenía ninguna referencia, salvo que estaba ahí, y tenía la esperanza de que, como me pasó muchas veces en la Patagonia, pudiera pedirle a los ocupantes un lugar para dormir.

 

Pero la carretera se iba poniendo cada vez más árida e inhóspita, menos verdes las matas y más fuerte el sol. Todavía, según mis cálculos, faltaban unos sesenta kilómetros para llegar a ese lugar incógnito, ya eran cerca de las cuatro de la tarde y me estaba quedando sin agua. Se imponía renovar la provisión del líquido indispensable, y una estancia me dio la oportunidad de conseguirlo. Me asomé a la tranquera de ramas retorcidas y alambre de púas, e hice sonar las palmas esperando que alguien respondiera. Un rancho, un tractor, dos o tres caballos y muchos cueros secándose al sol, daban la imagen bucólicamente rural del hogar del amable, y a la vez indómito, hombre de campo argentino, en la senda combativa, fieramente irreductible, de Martín Fierro.

 

-Pase.- dijo una voz temblorosa, y la estampa encorvada de un viejo, quizá de la edad que tendría Santos Vega si aún viviera, se asomó echando a un lado las lonas que hacían de puerta del rancho. -Siéntese a la sombra, acá en estos cueros.- me dijo con amabilidad mientras ordenaba a una mujer de similar ancianidad que me alcanzara una botella de agua. Bebí sin pausa esa agua fresca y resucitadora, de la que llené luego mis cantimploras.

 

       -Descanse, debe estar cansado, como un español que pasó una vez por acá. Ese se quedó dormido.- dijo con su hablar trémulo. Sentado en los cueros, con una calavera de vaca que, desde sus cuencas vacías, me miraba fijamente desde el suelo, escuché un monólogo sorprendente. -Es duro el trabajo en el campo. Ya no queda nadie acá, nosotros dos nada más. Los hijos se fueron a la ciudad.- arrancó en una especie de confesión de tono social. -Todo eso es porque los yanquis se quieren quedar con el mundo. Ellos mandan, hacen lo que quieren.- la repentina confesión de antiimperialismo me agarró algo desprevenido. -Ellos y “la vieja Thatcher”, esa yegua. Se quedan con todo. “La vieja Thatcher” les dice lo que tienen que hacer y vienen con los aviones y las bombas. -evidentemente, el papel de “la vieja Thatcher”, a la que siempre nombró de esa manera, fue bastante siniestro en el mundo, en especial en la cuestión tan sentida de Malvinas, pero además de que hace varios años que no gobierna, la relación con los EEUU era algo inversa, pensaba mientras todavía intentaba encontrarle la lógica al discurso. -Ahora no es como antes, la guerra no es de machos, porque si fuera con caballos y boleadoras se puede, pero te vienen con los aviones y te revientan. Son cobardes.- era una reivindicación de las viejas montoneras. -La culpa es de los gallegos. Los gallegos no laburan. En cambio los tanos...-  a esta altura ya me había perdido del todo, entre “la vieja Thatcher, los yanquis ladrones, los gauchos bravíos de las guerras del siglo pasado, los gallegos y, ahora, los tanos. -Los tanos son guapos, esos sí que son guapos, laburadores. Pero después viene “la vieja Thatcher” y te jode, con los yanquis que se roban todo. Pero los tanos, esos sí que son guapos. ¡Traele más agua al muchacho, vieja! -interrumpió un poco el fogoso alegato, mientras, totalmente boleado, me levantaba para partir. -“La vieja Thatcher, esa sí que nos jodió...- fueron las últimas palabras que escuché, mientras su imagen, con sus bombachas de campo, su camisa a cuadros y unos tristes ojos celestes en medio de un mar de arrugas, se hacía un recuerdo.

 

La ruta volvió con sus interminables rectas que se perdían en el horizonte, seca vegetación a los costados, colándose entre los alambrados que delimitan tierras arenosas y pobres. Y seguía, recordando las palabras de aquel extravagante Don Segundo Sombra, sobre “la vieja Thatcher” y los “tanos guapos”, sin poder creer lo que había escuchado, dándome ánimos para alcanzar la misteriosa “La Chañarienta”. La tarde pasaba y el crepúsculo iba cayendo, sin novedades de mi punto de destino, y un saltamontes pegado en mi manubrio, sin saber cómo bajarse, deslizándome por largas bajadas y arrastrándome en subidas molestas, prolongadas e inoportunas. No eran esas cuestas mortales y empinadas, sino unas lentas y poco perceptibles, aunque suficientes para retrasarme en mi intento de llegar al cruce de rutas antes del anochecer.

La noche, implacable, me alcanzó pedaleando todavía por esa pampa que no parecía acabarse nunca, y pronto la visibilidad fue nula. La ruta, que no era perfecta, me sacudía con sus pozos e irregularidades que no podía esquivar a tiempo al no verlos, lanzado en un sprint desenfrenado, sin importar las condiciones del terreno. “¿Dónde está esa estancia de mierda?”, me preguntaba ya un poco irritado, tratando de ver alguna luz que me indicara que la bandera a cuadros estaba cerca.

 

Las luces no aparecieron, pero los camiones que cruzaban por la otra ruta, y los carteles que veía cuando los tenía encima, me anunciaron que había llegado al punto señalado. Estaba en una oscura intersección rutera, pero no había señales de lo que buscaba. Paré y una horda de mosquitos me eligió como víctima. Busqué por los alrededores, y sólo encontré una casa abandonada, convertida en el hogar de una veintena de perros agresivos y poco hospitalarios. No muy contento, luego de haber pedaleado más de ciento treinta kilómetros para llegar a ningún lugar, traté de hallar donde quedarme, porque estaba claro que no iba a andar un metro más en esa oscuridad.

 

Me salvó un camión tanque que paró en las cercanías. Me acerqué a preguntarle si sabía de alguna casa por ahí cerca. Me habló de una a diez kilómetros, y se ofreció a llevarme hasta ahí. La bicicleta era tan pesada que entre los dos no pudimos alzarla hasta el techo del tanque acoplado, y tuve que desarmar la carga trasera para poder elevarla hasta ahí. Me dejó en la entrada del Parque Nacional Sierra de las Quijadas, donde pensaba parar al día siguiente, aunque era un pequeño desvío de la ruta, para tomarme un descanso de un día, pues hacía ya cinco jornadas que venía andando sin parar. Acampé en la entrada del Parque, con una recomendación del guardaparques de que tuviera cuidado con las vinchucas, algo abundantes en la región, y de comer algunos trozos de uno de los peores asados que comí en mi vida, hecho por “Cocodrilo”, uno de los guías del lugar, que debió haber aprendido la técnica en Australia. Pero el hambre de ciclista pudo más que cualquier prurito de argentinidad mancillada.

 

Me quedé, en realidad, dos días en Sierra de las Quijadas, un fascinante cañón que surge de la nada en medio de la estepa plana y monótona. Los acantilados arenosos y de contornos inesperados, formando un circo fantástico y seco, de laberínticos corredores poblados de abejas y arañas, me tuvieron un día caminando en su interior, primero recorriendo, y luego, por mucho más tiempo, tratando de salir. Todo eso se debió a un motociclista sanjuanino que, engañándome vilmente, se ofreció a llevarme en su moto a recorrer el Parque. Como era mi intención descansar, acepté, sin saber que sólo haríamos unos miserables cientos de metros en la moto, y que tendría que caminar todo el día por los cansadores recovecos de la Sierra. Justo el día que pretendía pasar tirado al sol, al mejor estilo lagarto. Por supuesto, nos perdimos. El sanjuanino, encima, pretendía volver por un camino por encima de las montañas, a lo que me negué, dado que, por cierta experiencia que tengo, sé que en lugares desconocidos es mejor no hacerse el intrépido y volver por el camino seguro. Para colmo, después de una hora de caminata polvorienta, se dio cuenta de que había perdido las llaves de la moto en el fondo del cañón. A esa altura ya tenía una pésima impresión de la provincia por él representada, y de sólo imaginar desandar el sendero, me dolían los pies. Le ofrecí volver pero, en un gesto digno, se empeñó en buscarla solo. No teníamos agua, y convinimos que fuera yo a buscarla y lo esperara a mitad de camino.

 

Esos eran los planes. Volver no era tan fácil, porque darse cuenta de cuál era la subida buena, habiendo decenas de estribaciones montañosas posibles e idénticas entre sí, era casi imposible. Como había tomado, precavidamente, una piedra de extrañas formas como referencia, hice tres o cuatro intentos, cuyo resultado fue llenarme de polvo y clavarme infinitas y punzantes espinas, para tratar de llegar hasta ella. Ya muerto de sed y tratando de conservar la cabeza fría, subía hasta que se cerraban los pasos y debía volver atrás, o me encontraba con un profundo precipicio que me separaba por escasos pero insalvables metros de la roca añorada. Por fin, cansado y sucio, logré encontrar el camino correcto, y avisar a los guías que mi compañero de aventuras estaba todavía en el cañón, y tenía la seguridad de que se había perdido. Y así era, porque ahora que estaba solo, había decidido poner en práctica su teoría de cómo salir de un laberinto minoico sin hilo de Ariadna. Lo encontraron, ya anocheciendo, caminando por la cima de unas montañas, en sentido contrario al correcto, al borde de la desesperación, con las inútiles llaves de su moto en la mano.

 

Como después de esta aventura no deseada no había descansado nada, me quedé un día más en Sierra de las Quijadas, sin moverme ni un paso del campamento. Otro día de desierto, unos cien kilómetros, y llegué a Encón, provincia de San Juan. Una nueva jornada me introdujo en Mendoza, atravesando una larga extensión cada vez más desértica, donde pinché uno de mis neumáticos. El paisaje era árido, y esa aridez se incrementaba a medida que avanzaba. Unas extrañas lagunas, que seguían la ruta longitudinalmente, daban al panorama reseco un aire acuático, con patos y flamencos, muy contrastante con lo que se veía a unos escasos metros más atrás. Las intensas lluvias habían logrado ese curioso efecto, con una poco agradable consecuencia: las cunetas de la carretera se habían convertido en enormes criaderos de mosquitos.  Me encontré en la paradójica situación de tener que pedalear a través de un desierto perseguido por unos asesinos en miniatura, empeñados en succionarme la sangre en los más incómodos e indefensos lugares, como en el final de la espalda, donde llegaban con gran impunidad a través de la débil lycra de mis pantalones de ciclista. Si paraba en algún lugar, cosa difícil porque no había sombra y el sol era mortífero, los cretinos me acribillaban, y cuando volvía a arrancar, siempre tenía algún polizón colgado de alguna parte de mi cuerpo o de mi bicicleta, para desarrollar sus arteros ataques. Todo esto en medio de una extensión cada vez más pedregosa y seca, donde empezaban a aparecer médanos de sedosa arena, que pronto empezaron a ser más frecuentes, grandes y altos. Algunas de estas dunas llegaban a tener varios metros de altura, divisándose desde lejos, y otros, atrevidamente, invadían la ruta, amenazando con cortarla. Es la región conocida como los Altos Limpios, en obvia referencia a la altura y perfección de los médanos.

 

La ruta, serpenteante porque sigue el trazado de un antiguo río seco, atraviesa toda esta desolada zona. Ya entrada la tarde, me metí en una carretera arbolada, introduciéndome en la región productora de los famosos vinos mendocinos, y en algo de deseada sombra.

 

La jornada terminó, ciento veinte kilómetros después de comenzada, en la ciudad mendocina de Lavalle, a unos cuarenta de la capital provincial, donde los mosquitos intentaron asesinarme nuevamente a la noche, aunque no lograron vulnerar los muros asediados de mi carpa.

 

Una no muy exigente mañana me tomó llegar hasta la ciudad de Mendoza, donde fui recibido por la Federación Universitaria de Cuyo, y por compañeros del movimiento cooperativo de la provincia. Ya me encontraba al pie de los Andes, próximo a reeditar, de un modo algo diferente, aquel célebre y libertador Cruce de los Andes. Una etapa temida y también esperada.

 

 

La entrada a la provincia de San

Luis, bajo la lluvia

 

El viejo Ford A del "camping"

de Quines

 

  Los médanos de los Altos Limpios invaden la ruta