Aventuras en bicicleta

El cerro de la muerte

Por Andrés Ruggeri.

Fragmentos del Capítulo XXXIII del libro "América en bicicleta".

 

SÍNTESIS: Subida a la terrible cuesta del Cerro de la Muerte en Costa Rica, en que se asciende casi 3.000 metros en menos de 50 km., por una ruta tropical y lluviosa.

 

Recorrido

Frontera entre Costa Rica y Panamá - San José de Costa Rica

 

Distancia

390,5 km.

 

Puntos sobresalientes

del trayecto

Subida al Cerro de la Muerte (3.491 m.s.n.m.) con un desnivel de 2900 m. en 47 km.

 

Fecha

 25 a 30 de noviembre de 1998

 

Bicicleta

DBR Topanga (Shimano Alivio/STX 21 v.)

 

La ruta era bastante buena, el tráfico respetuoso y no demasiado movido, un verde asombrosamente claro e intenso rodeaba todo y los bananos florecían sin solución de continuidad. La razón de ese verde llamativo era clara, una humedad que todo lo cubría. Una nueva lluvia me dio la bienvenida al país a menos de veinte kilómetros de haber empezado a transitarlo. Mi campera volvió a ser superada por la cantidad de agua que caía, primero unas gotitas, después unas gotazas, por último unos baldazos que me obligaron a buscar refugio. Demasiado tarde, por supuesto, para evitar empaparme, pero obligado porque andar ciego en medio de una cortina líquida no tiene mucho sentido y no representa, al fin de cuentas, ningún avance significativo. Por dos veces tuve que meterme bajo techo, cuando lo encontré, y me decidí a volver a improvisar el impermeable con bolsas de residuos que, una vez más, demostró ser lo más eficiente. Los primeros tramos en Costa Rica terminaron en una casa de campesinos, a cuyo costado acampé, mientras intentaba secarme lo más posible. La familia no era de lo más comunicativa, y sólo pude obtener algunos informes sobre el camino y cambiar unas palabras sobre fútbol, mientras veíamos un partido de pésimo nivel del campeonato local.

 

Tenía, en ese momento, dos preocupaciones importantes acerca del futuro cercano. La primera, y la más importante, era sobre cómo iba a atravesar el grueso de Centroamérica, algo que me preocupaba desde hacía unos días. El gran obstáculo era la tragedia que, pocos días antes, se había cernido sobre el grueso de la región, causando miles de muertos, desaparecidos y destrucción infinita, el Huracán Mitch. Especialmente Honduras y Nicaragua estaban en estado de catástrofe, y atravesar países destruidos no es algo recomendable. Bastante desgracia humana había visto ya, además de la poca factibilidad del recorrido en esas condiciones y con los límites temporales que tenía.

La otra cuestión, algo más inmediata y menos trágica, era la gran cordillera que, con los brazos abiertos, me esperaba pocos días más adelante, el célebre Cerro de la Muerte. Ya desde el nombre se revelaba como poco hospitalario, y mucho más cuando, conversando al otro día con gente en el camino, me enteré que la subida tenía unos cuarenta y cinco kilómetros, lo que no era tanto, en especial después de los doscientos que tuve que subir en los Andes. Lo que sí era preocupante era la naturaleza de la pendiente, pues se subía, en esa escasa distancia, entre unos 600 y los 3500 metros sobre el nivel del mar. Un desnivel de dos mil novecientos metros en sólo cuarenta y cinco kilómetros, y eso era fuerte de verdad, e inevitable: era el camino obligado para San José, la capital.

 

Por ahora, en el segundo día en este país, venía haciendo algunas cuestas más molestas que cansadoras, pero el camino, a pesar de lo que me decía la gente, distaba bastante de ser plano. “Estos nunca vieron un terreno plano”, pensaba con cierta bronca mientras bajaba cambios para afrontar las pendientes, y trataba de imaginarme cómo sería la “subida” con llanos como esos. El día transcurrió tranquilo, mientras festejaba el hecho de que no estuviera lloviendo, y avanzaba por un lindo valle que se internaba en las sierras que se veían paralelas a la ruta y amenazantes, aunque sin tener que ascenderlas. Acampé a la orilla de un plácido y ancho río verde, y pasé cerca de media hora hasta exterminar el último de unos molestos insectos voladores que se habían metido dentro de mi carpa.

 

Calculé, al otro día, quedar al pie de la subida de la Muerte, pensando que el terreno iba a ser menos cansador y que yo iba a salir más temprano. Me retrasé bastante a la mañana, y pagué eso teniendo que terminar la etapa diaria algo antes de lo calculado. Igualmente, el día fue provechoso, a pesar del ritmo lento al que me obligaron los tres o cuatro cordones montañosos que debí trepar, y luego bajar, por lo que, habiendo hecho varias fuertes subidas, el ascenso general fue leve, entre los doscientos y los seiscientos metros. Volvió a llover a la tarde, aunque fue bastante poco en relación a lo que me tenía acostumbrado el cielo centroamericano.

 

A la mañana, y mientras superaba una larga fila de vehículos parados en medio de una cuesta esperando paso en la ruta en reparación, vi avanzar en sentido opuesto a otra bicicleta cargada como la mía, evidentemente, otro viajero ciclista. Cuando nos cruzamos, vi que se trataba de un japonés, con lo cual la comunicación podemos decir que fue bastante dificultosa. El asiático no hablaba casi español, y yo trataba de expresarme en un inglés tarzanesco, pero pudimos cambiar ciertos datos. El más importante de ellos fue que los caminos en Nicaragua y Honduras estaban en condiciones casi imposibles y el pobre oriental había vivido en persona el horror del Mitch, que lo había pescado en medio de la pedaleada por Nicaragua. Me contó sus desventuras: en pleno huracán con su bicicleta, los caminos destruyéndose, el viento barriéndolo todo, y el japonés refugiado en una plantación mientras el mundo se venía abajo a su alrededor. Había tenido que caminar cincuenta kilómetros, arrastrando la bicicleta entre los bananos, hasta poder salir a un camino transitable. Ahora, según el ciclista, la mayoría de los puentes estaban rotos y los caminos hechos un barrial en estado calamitoso.

 

- No es bueno para bicicleta. – logró expresar en su pobre castellano, y el consejo resultó ser bastante pertinente.

 

Cerca de la ciudad de San Isidro, punto de partida del ascenso de la Cordillera Central hasta el llamado Cerro de la Muerte, y cuando ya buscaba un lugar donde acampar o instalarme para pasar la noche, pude observar desde la ruta un gran número de barracas, pobremente construidas y densamente pobladas, con familias enteras viviendo en ellas. Era una plantación de café, y lo más llamativo de todo esto era que todo el conjunto se hallaba rodeado de alambradas, con alambre de púas y vigilancia privada. Algo bastante raro en el pacífico y democrático país, y con un sospechoso parecido con un campo de concentración. Posteriormente, conversando en el bar del hombre que, pocos kilómetros más adelante, me dio alojamiento, me enteré que esa especie de campo de concentración eran los alojamientos para los trabajadores nicaragüenses que cosechaban el café. Eran casi mano de obra esclava, un ghetto de sometimiento y opresión por pocos centavos diarios, donde la miseria extrema del vecino desgraciado era aprovechada hasta exprimirle la última gota de sudor y haber levantado el último grano. El discurso de la democracia, la desmilitarización y la paz hacía agua en la explotación del inmigrante, así como el progreso y el desarrollo de la civilizada Europa se acaba en la xenofobia y el racismo. Parecen no tener en cuenta que los propios costarricenses se convierten luego, en los Estados Unidos, en compañeros de desventuras de los mexicanos, los salvadoreños y los mismos nicaragüenses que desprecian en su territorio, demostrándose una vez más lo que, para muchos, significa el mundo “globalizado”: nada diferente de lo que ya conocemos hace bastante, y más que suficiente, tiempo. Aquella misma gente que, en la charla, me destacaban las virtudes, las grandes ventajas y el orgullo de estar en un país democrático como Costa Rica – gente que, de ningún modo, pertenecía o tenían alguna esperanza de pertenecer al sector de los poderosos -, parecían no darse cuenta de la gran contradicción que existe entre ese discurso y hechos de explotación salvaje como ese que ellos mismos me estaban relatando. [...]

 

Dejando atrás a los pobres trabajadores del café, me dispuse a salvar el último tramo antes de la temida cuesta hacia el Cerro de la Muerte. Atravesé la ciudad de San Isidro luego de perder un tiempo precioso por haberme confundido de ruta, y ya es media mañana cuando me encontré subiendo las últimas cuadras del casco urbano de la ciudad, con las laderas verdes de las empinadas montañas erguidas como una pared a mi frente. Un último descanso, y a subir.

La carretera no era chiste, parecía una escalera que se hundía en la masa verde y gris de la serranía. Eran las primeras moles de la empinada Cordillera Central, la prolongación del eje dorsal del continente, que en Sudamérica son los Andes. En América Central, las montañas no llegan nunca a alcanzar aquellas alturas, pero es frecuente que superen los 2000 o los 3000 metros, en general en forma de volcanes, lo cual configura una altitud respetable. No pensaron lo mismo los constructores costarricenses de esta ruta que, sin tener la menor consideración hacia las cumbres, hicieron pasar el camino casi al lado de la cima, para desgracia de este ciclista.

 

Se cumplían diez meses de viaje, y me tocó celebrarlos con una de las subidas más duras de todo el recorrido. Cada cuesta difícil da la impresión de ser la peor, y el sufrimiento presente sumerge en un manto de olvido los padecimientos del pasado. Y, si bien la altitud máxima de esta quedaba más de mil metros por debajo de aquella insufrible subida entre Chile y Bolivia, unos ciento cincuenta kilómetros y tres días menos, la terrible pendiente y las difíciles condiciones climáticas que me esperaban fueron lo suficientemente arduas como para hacerme acordar con bastante fidelidad esas circunstancias. Esta vez sin soroche, pero, a cambio, una lluvia y una niebla permanente y molesta, y una pendiente tan pronunciada que me costaba mucho encontrar un ritmo soportable, por más lento que fuera.

 

Pronto me encontré subiendo en medio de hermosos verdes bosques, y por una corta distancia lujosas casas de fin de semana acompañaron los lados de la ruta. Desde una curva pude ver, por última vez, la ciudad de San Isidro al fondo de un valle amplio y profundo, y fue la postrera ocasión en que tuve la oportunidad de disfrutar de una vista panorámica. Rara circunstancia tratándose de una carretera de montaña, donde la lógica indica que debe ser posible recrear la mirada desde lo alto, abarcando grandes distancias antes de encontrar el límite de un horizonte montañoso. No fue así, porque entré con rapidez en una nube espesa y brumosa, de la que no salí hasta que estuve del otro lado de la empinada cordillera. Toda ilusión de, por lo menos, ver un paisaje que se presumía espectacular, como forma de mitigar el sufrimiento a que la montaña seguramente me sometería, quedó descartado de inmediato por la niebla gris que ocultaba todo lo que estuviera a menos de diez metros de distancia y que, sin mucha demora, se hizo más y más densa. Los precipicios que bordeaban la ruta sinuosa y ascendente me los fui imaginando antes que viendo, al llegar el alcance de mi mirada sólo hasta las cercanas copas de los árboles que, por su inclinación, anunciaban una espantosa y profunda ladera a escasos metros del borde de la carretera.

 

La nube en que me había metido trajo aparejada consigo una consecuencia secundaria nada desdeñable. Lluvia. Permanente, no muy fuerte pero tediosa, capaz de meterse por cualquier intersticio y exasperar a quien la padece. La llovizna sumó su granito de arena a la pendiente que me estaba obligando a esforzarme al máximo para avanzar muy poco, demasiado poco para mis cálculos más pesimistas, mientras la superficie del pavimento se volvía algo más resbalosa que de costumbre y tenía que hacer un alto para colocarme un piloto que pronto me dio calor. Me lo saqué y me volví a mojar y a tener frío, por lo que me lo volví a poner y, nuevamente, a sacar, hasta que el agua se hizo lo bastante abundante como para obligarme a dejármelo puesto. Y el suelo, mojado, se hizo barroso gracias al mal estado de conservación que las condiciones naturales adversas provocan. Eso significa que ciclones y huracanes hacen una cordial visita, de vez en cuando, a este rincón del planeta, y dejan su marca registrada en forma de derrumbes, árboles caídos y piedras y agujeros sobre el asfalto. Si bien Costa Rica se había visto poco afectada por el Mitch, los vientos y tormentas colaterales habían sido suficientes para dejar su rastro en un camino complicado y de dificultoso mantenimiento. Las rocas y los derrumbes habían dejado tierra y agujeros frecuentes que ahora, con el agua caída, se transformaban en charcos, pozos y barro jabonoso y traicionero.

 

Fui dando las curvas una tras otra tratando de no irme al piso en el patinoso lodazal en que la carretera se había convertido, mientras algunos autos y camiones, a los que oía mucho antes de verlos, me superaban a velocidad apenas mayor que la mía. En un tramo debí bajarme y caminar porque resbalaba y coleaba como si estuviera andando sobre una pátina grasosa. Mientras tanto, la pendiente no sólo no se suavizaba sino que, por el contrario, era más insoportable a cada metro.

 

La cosa ya estaba tomando un cariz desagradable, y lo que avanzaba era francamente poco. Tenía que subir haciendo fuerza en la relación más liviana posible, arrastrando los treinta kilos de carga y mi propio peso cuesta arriba, y no cualquier cuesta arriba, sino una subida conocida por su dificultad, en medio de una niebla digna de Londres en uno de sus peores momentos, con el peligro de que algún imprudente me pasase por encima, con gotas de agua formando un velo que debía atravesar permanentemente, barro y baches cubiertos de líquido sucio y podrido que ocultaba su profundidad y un final lejano y aparentemente inalcanzable. Y, como si esto fuera poco, una sensación de inestabilidad en la rueda trasera me anunció una pérdida de presión que, en general, corresponde a una pinchadura, ciertamente inoportuna. Con bronca, comencé la rutina de sacar la rueda, algo a veces dificultoso con todo el equipaje encima, quitar lo que quedase de aire, retirar la cubierta y la cámara, cambiar esta por una nueva, volver a colocar todo en su lugar, e inflar, mientras el agua caía sobre mi cabeza y mi espalda y el barro trepaba a mis zapatillas empapadas. Sin embargo, eso no fue todo, porque la cámara que coloqué no respondía a los embates del inflador, por lo que tuve que repetir la operación y, esta vez, colocar un parche. Era imposible hacerlo sin que la lluvia mojara la superficie de goma, poniendo un obstáculo más para mi partida nuevamente en condiciones.

 

Con ganas de romper todo, comprobé que la cámara, por alguna circunstancia, no había quedado satisfactoriamente reparada, y ya no tuve más ánimo para volver a desarmar todo y ver que pasaba. Decidí seguir igual, probando suerte a ver cuánto era capaz de aguantar el neumático en esas circunstancias.  La consecuencia de esto fue que estuve el resto de la tarde dando aire a la goma trasera cada vez que la sentía con ganas de dejarme a pie, hasta que, al final del día, pude comprobar que, en el nerviosismo de la situación, había cometido un error de principiante: me había olvidado de retirar el plástico que recubre el parche, por lo cual, por más pegamento que le pusiera, éste quedaba bailando sobre la cámara, sin tapar por completo el pinchazo.

 

Seguía subiendo con esfuerzo y viendo cada vez menos, tanto por el aumento de la niebla como por la hora, ya próxima al atardecer, que en Costa Rica, por lo menos en esta época del año, es más o menos a las cinco de la tarde, hora algo incómoda para quien quiere aprovechar lo más posible la luz diurna. Me encontraba bastante cansado y un poco desmoralizado, con la sensación de que el Cerro de la Muerte estaba siendo, por el momento, más fuerte que yo. Había estado trepando más de tres horas y había hecho unos escasos veinticinco kilómetros, y la pendiente no sólo no disminuía sino que aumentaba en forma preocupante. Además, no había rastros o indicios de algún lugar apto para acampar o encontrar donde instalarme a pasar la noche, con lo cual la situación se estaba poniendo desagradable.

 

Cuando la pedaleada se estaba volviendo un tormento, la ruta se calmó un poco, y las nubes se levantaron lo suficiente como para poder apreciar un paisaje de árboles flacos y altos rodeando, como una guardia pretoriana, ambos costados del camino y, lo que fue más promisorio, algunas casas y hasta un comercio con tentadoras bebidas calientes. Decidí que, después de veintiocho kilómetros de duro ascenso, había llegado el momento de un reparador descanso. Medio muerto, entré en ese lugar donde unas amables mujeres me sirvieron un té resucitador y hasta me regalaron un postre, conmovidas por mi aspecto de sobreviviente de la guerra, algo que se debe parecer bastante a la facha de quien está subiendo el Cerro de la Muerte con neblina, lluvia y una goma recurrentemente pinchada de una bicicleta pesada como un camión.

 

Me enteré que ya estaba a unos 2200 metros, y que me quedaban todavía unos veinte kilómetros de subida, lo cual fue una pésima noticia. La buena fue que me dieron permiso para armar mi carpa en un gimnasio cubierto que estaba al lado del negocio, y en el que me arrojé dispuesto a descansar hasta el día siguiente. La lluvia había parado, justo en el momento en que dejé de pedalear, como parece ser la ley por lo que a mí respecta.

 

Afronté la mañana con buena disposición, y ganas de terminar con este Cerro que me estaba complicando la vida. Dediqué unos momentos a regularizar la situación mecánica de mi bicicleta: emparchar correctamente la cámara que tantos problemas me había causado la tarde anterior, aceitar la cadena y otras partes que lo requerían, regular los frenos en previsión del descenso que me esperaba y ajustar el asiento que se me venía aflojando. Andar con un sillín móvil es algo que resulta un poco incómodo.

 

La ruta seguía siendo de alta dificultad, una rampa que no cesaría hasta llegar a la cumbre, pero el tiempo había mejorado algo, con menos neblina y poca lluvia y, principalmente, mi estado de ánimo era notablemente superior. Por eso, a pesar de que la subida siguió siendo igualmente dura, no la sentí tanto, sufriendo menos y andando más. Me sentía más fuerte y con más ganas de llegar arriba, y le fui dando a los pedales sin parar, salvo para sacar alguna foto donde la niebla dejaba ver algo de un paisaje que, en condiciones climáticas más favorables, debería tener características paradisíacas. Ese panorama, que se adivinaba boscoso detrás de la bruma, fue variando hasta transformarse en un páramo, verde y fantástico. Menos árboles y más arbustos, pinchudos y bajos, y rocas de un gris amarronado y oscurecido por el agua que le estaba cayendo encima desde quién sabe cuándo.

 

Una casa de aspecto afable emergió de la nube, como anunciando el comienzo del final de esta larga cuesta de la Muerte, pero la simpatía que irradiaba la bucólica imagen se quebró ante la irrupción de uno de mis principales enemigos a lo largo de esta travesía por las rutas latinoamericanas. Un odioso perro guardián surgió como una carga de caballería armando un escándalo de notables proporciones y viniendo con rapidez de rayo en mi busca. No le costó demasiado alcanzarme, pues estaba en medio de la trepada y a escasísima velocidad, y mi línea de conducta, en casos semejantes, jamás contemplaba gastar un ápice de energía por el celo guardián de un animal estúpido y policial. Por lo tanto, seguí, demostrando supina indiferencia, hasta que la bestia se tomó el atrevimiento, nunca antes visto, de intentar morderme. Eso en general era difícil porque el mismo movimiento del pedaleo, con mis pies dando vueltas como aspas, era algo así como los molinos de viento para Don Quijote y la mayoría de los canes, demostrando tener el sentido común de Sancho Panza, elegían seguir ladrando y corroborar una vez más el viejo refrán, antes que arriesgarse a morder y ligarse un buen golpe en el hocico. Pero este infame espécimen mostró una malicia fuera de la común y, en lugar de intentar morderme a mí, fue a morder la rueda trasera. Quizá pensó que mi bicicleta y yo éramos el mismo ser, como los indios cuando enfrentaron a los primeros jinetes españoles, pero fue, sin atenuantes, una acción indigna. Sentí como me frenaba, más aún de lo que lo hacía la gravedad contra la que estaba luchando desde horas antes, y me vino a la memoria el trabajo que había pasado para dejar en condiciones esa misma goma. Eso fue suficiente para enfurecerme, parar y bajar como un desaforado a matar, si me era posible, a ese perro irrespetuoso que, demostrando tanta cobardía como atrevimiento había tenido, huyó con el rabo entre las patas hasta refugiarse en la casa, unos doscientos metros más abajo.  Por suerte, aunque los dientes habían quedado marcados sobre la cubierta, no había tenido la fuerza suficiente para atravesarla, y pude seguir sin problemas.

 

Superado este ridículo episodio, me fui metiendo en terrenos cada vez más pelados de vegetación y con menor temperatura. Una pequeña bajada me permitió tomarme un descanso y ganar algo de velocidad refrescante, antes de encarar el último repecho, de unos cinco kilómetros. Mi ciclocomputador marcaba que ya estaba cerca de la distancia anunciada para la cumbre, pero ésta no aparecía. Por último, y cuando ya pensaba que me habían dicho cualquier cosa, apareció el pequeño llano en medio de la niebla. Un cartel de madera indicaba los 3491 metros de altura, y el célebre y tantas veces maldecido Cerro de la Muerte era una diminuta elevación que se veía a duras penas, con su forma cónica emergiendo apenas sobre el nivel de la carretera. Se erigía a un costado, como burlándose de aquellos que derrocharon esfuerzo y energía para llegar hasta montaña tan ridícula que una ruta le pasa por al lado de la cima.

 

Festejé el triunfo pasajero, que me había costado horas de sufrimiento y cansancio y miles de puteadas. Habían pasado tres horas y veinte minutos desde la partida a la mañana, tiempo empleado para recorrer la irrisoria distancia de veintidós kilómetros, es decir, un promedio de vergonzosos siete kilómetros por hora. No pude disfrutar mucho de mi victoria. La lluvia, aguafiestas en el cabal sentido de la palabra, se encargó de hacerme recordar que no se había acabado la jornada, y que me aguardaba un descenso tan esperado como odiado una vez que empezó. Me abrigué en previsión de lo que vendría, y no fue suficiente. Si había detestado la subida, la bajada pronto me lo hizo olvidar.

 

La ruta, tan sinuosa como al subir pero mucho más notorio el hecho por la velocidad de la bajada, se  mostró mojada, peligrosa y fría. Más que fría, helada, porque los tres mil metros son gélidos hasta en el trópico y más con agua y viento, a lo que se le suma que el calor generado por el ejercicio se disipa con rapidez. En el descenso no se pedalea, lo que hace que nada mitigue el frío, y la principal preocupación es no caerse, cosa que con la ruta resbaladiza por la tormenta es todo un logro. Los frenos, que entran en acción permanentemente para controlar la velocidad y no irse en la primera curva, se mojan y tienen una respuesta inferior a lo habitual, pese a que había tenido la precaución de ajustarlos antes de salir, y el agua me golpeaba en la cara y el cuerpo. Pronto estaba completamente empapado y temblando de frío, especialmente en las piernas, que no tenía cubiertas, y en los dedos de las manos. Una subida corta, que en otras ocasiones hubiera odiado, me trajo el alivio de entrar en calor para superarla, y luego volvió la velocidad y el frío. La neblina se disipó bastante, transformada sin vergüenza en agua, y el páramo se fue convirtiendo en un bosque denso y hermoso. Una breve parada me sirvió para relajarme un poco, no sólo del frío – que cesó al terminar el descenso y desaparecer el viento que este producía – sino también de la tensión de la bajada. Me miré las piernas: estaban insólitamente blancas, cubiertas de escarcha, algo que jamás me había pasado.  

 

Me las sequé como pude y seguí viaje, hasta llegar a un parador rutero donde tomé un café y comí unos “gallos”, una especie de tortilla con algo dentro. El “algo” es muy variable, dependiendo del gusto del consumidor y de la disponibilidad del vendedor, especialmente esta última. Era, como siempre en estas ocasiones, una figura extraña, con mi atuendo de ciclista, mojado y escarchado en medio de un avispero de actividad y vapor que salía de las calderas humeantes donde litros de café y kilos de frituras campeaban a sus anchas. Mi bicicleta, como muchas otras veces, se hallaba rodeada de curiosos que me acribillaron a preguntas cuando salí.

 

Algo recuperado, volví a emprender un descenso que se mostraba interminable, y el frío y la lluvia no daban señal alguna de disminuir. A las cuatro de la tarde, y faltando sesenta kilómetros para llegar a San José, la capital costarricense, decidí parar, lo que coincidió con la llegada a un pueblo casi inexistente llamado La Trinidad de Dotta. Entré a un bar y me desplomé sobre una silla, ante la mirada, simulando indiferencia, de los parroquianos. Después de un rato de inmovilidad, junté fuerzas y fui a cambiarme las ropas que, al escurrirlas, dejaron caer litros de agua.

 

Miradas curiosas me eran dirigidas desde una mesa contigua, donde dos parejas bebían ron y apostaban, como más tarde me enteré, acerca de mi procedencia. Finalmente, uno de los hombres, un mestizo bajito, escuálido y con el típico bigote caribeño, se animó y preguntó.

 

- ¿Vieron lo que les dije? Era argentino, y no de los Estados. – Dijo a sus compañeros. Había deducido mi origen por el escudo del Racing Club de Avellaneda que tenía cosido en el rompevientos. Los “Estados” son los Estados Unidos, y después, en el curso de la conversación que posteriormente mantuvimos por varias horas, me pidieron disculpas, no requeridas, por el hecho de haberme confundido, algunos, con un gringo. A pesar de ello, la idea de migrar hacia los “Estados” era una suerte de utopía para ellos, campesinos costarricenses orgullosos de serlo. Lo peor era que sabían que, aunque lograran traspasar la frontera, cosa que era posible sólo en condición de “mojados”, muy difícilmente la utopía del “paraíso americano” fuera realizable, e igualmente pensaban que valía la pena el intento. Es decir, estaban dispuestos a arriesgarse a que los maten, los maltraten, los discriminen y los menosprecien, a que los deporten antes de entrar, a que los estafen inescrupulosos comerciantes de seres humanos, con tal de tener su oportunidad en la ruleta rusa del éxito en el país de Hollywood.

 

Esta gente me dio generoso alojamiento en su humilde casa de madera, lo que me permitió afrontar en buenas condiciones, después del terrible cruce del Cerro de la Muerte, el tramo restante para llegar a la capital. El día había cambiado completamente, y se vislumbraba luminoso, aunque no lo fue tanto. Pero, por lo menos, casi no llovió, y pude llegar seco a San José. La mayoría del trayecto fue bajada, por una ruta transitada y con algunos agujeros en el pavimento, aún montañosa.

 

En una zona de veloces curvas me llevé un lindo susto, cuando sentí, bajando a cerca de cuarenta y cinco kilómetros por hora, el silbido de la repentina pérdida de aire que evidenciaba un peligroso reventón en la rueda delantera. No fui al suelo de milagro, mientras perdía sustentación con celeridad y el equilibrio se veía amenazado al quedarme en llanta. En un lapso de diez segundos, la bicicleta se encabritó y perdió dirección, y miré el pasto del costado mientras trataba de frenar, con cuidado para no caerme aparatosamente. No se como, pero el hecho fue que logré detenerme sobre el pasto crecido de la banquina sin perder el equilibrio, aunque el frenado final fue tan brusco que me sacó del asiento y me tiró sobre el caño horizontal del cuadro, con un gran dolor en zonas corpóreas inconvenientes. Pero, por lo menos, no caí a la gran velocidad a que venía, lo que podría haber tenido graves consecuencias.

 

Descubrí que la cubierta, la vieja cubierta que venía aguantando desde São Paulo, estaba tajeada e irrecuperable, por lo cual tuve que abandonarla y reemplazarla por la cubierta montañera que aún tenía casi sin usar. Así llegué, poco después, a Cartago, una de las ciudades grandes cercanas a San José, donde descansé un poco antes de tomar la autopista que, luego de una pequeña subida y una gran bajada, no demasiado empinada pero veloz, me llevó a la capital del país. Llovía un poco cuando empecé a andar por la autopista, pero igualmente hice a gran velocidad los casi cuarenta kilómetros hasta llegar a los primeros barrios.

 

Al mediodía estaba entrando en San José de Costa Rica, donde tendría que resolver como atravesar los países afectados por el huracán Mitch, en las etapas finales de mi viaje, y desarrollar las habituales tareas de solidaridad con Cuba, sabiendo que acababa de superar la última gran cordillera del periplo.

 

 

Acampando en San Isidro, antes de empezar el ascenso.

 

Subiendo el Cerro de la Muerte, entre

el barro, la lluvia y las huellas de los recientes huracanes.

 

Oportuno pinchazo en plena subida.

 

En la cumbre del Cerro de la Muerte, a 3490 metros de altitud.